Columnistas

Donde agonizan las criadas

¿No es una de nuestras grandes falencias teatrales la falta de dirección actoral en las obras?

La Razón (Edición Impresa) / Ricardo Bajo Herreras

03:53 / 14 de octubre de 2015

Primer acto: el teatro paceño es “textocéntrico”. Todo lo confiamos a un buen texto, y tanto creadores como público nos conformamos con escuchar. Lamentablemente el teatro nacional recurre demasiado a autores foráneos y son pocas las obras que paran textos escritos por nuestros dramaturgos. Percy Jiménez, el Teatro de los Andes y Camila Urioste son tres (buenas) excepciones a esa regla.

Una buena obra de teatro basa su éxito (o fracaso) en tres pilares: una dirección, un elenco y un texto. Pareciera que muchos comienzan por el final: por eso lo más fácil es comprar o agarrar un clásico o un “boom” del extranjero (si triunfó en Argentina o Europa, mejor que mejor) y santas pascuas. ¿Y ahora quién va a dirigirnos? Plan a: llamamos a un cuate (hoy te dirijo, mañana me diriges vos). Plan b: nos dirigimos nosotros mismos, total, el texto es recontra bueno: yo me lo guiso, yo me lo como. Maritza Wilde y Luis Bredow se (auto)dirigieron en su última obra (Los diarios de Adán y Eva, de Mark Twain) y David Mondacca hizo lo propio cuando se subió para hacer otro clásico: Pareja abierta de Darío Fo. El plan c, el último grito, es llamar a un director de cine. ¿No es una de nuestras grandes falencias teatrales la falta de dirección actoral en las obras? Entonces, plan c: llama nomás a uno del cine. Pero nadie nos dijo que cine y teatro no son la misma vaina; nadie nos advirtió que una cosa es un set y otra la tabla teatral con cuarta pared en vivo y en directo. Marcos Loayza funca, pero Agazzi, no. Y entonces el director comete el peor de los pecados: alejar al espectador, no mediar, distanciar al público, enfriar.

¿Cuántos directores de teatro de garantías tenemos en Bolivia? Me sobran los dedos de una mano. ¿Y actores y actrices que te puedan salvar? Me sobran los dedos de la otra mano. Nuestros elencos pecan de amateurismo (y no hablo de plata, sino de formación y talento). Nuestro mal endémico es la rosca amiguista, esa gran herencia político-social-cultural tatuada en lo más profundo de nuestro comportamiento. Y su hermana: la autocomplacencia.

Descanso: Las criadas (texto del francés Jean Genet), bajo la dirección de Leonel Fransezze y Fernando Arce, volvió el fin de semana pasado al Teatro Municipal. En el estreno (en el Nuna) ahora, me llamó la atención lo mismo: el público mayoritario eran “señoras”, las mismas “señoras” que Genet trata de ridiculizar, exponer, criticar, asesinar. “¿Has visto con qué elegancia llegan al teatro para mirarse en el espejo de feria?”. Cuando se estrenó en el siglo pasado, Las criadas levantó molestia y repulsa por la elevada carga clasista-marxista y el llamado a la rebelión. En esta versión paceña 2015 no se levantó nada, salvo cuatro parejas del público que abandonaron la platea. No se fueron escandalizados, sino por puro aburrimiento.

Segundo acto: ¿es necesario adaptar y “nacionalizar” el drama de las “criadas” a nuestro entorno para paliar al anacronismo y la frialdad del texto? Obligatoriamente, no. ¿Es entonces necesario saber leer el texto, explotar sus riquezas y traerlo a nuestros días para crear tensión? ¿Hace falta que Patricia García imposte la voz y regale dosis de histrionismo sobreactuado (otra vez) para componer a una malvada señora? ¿No está el director para aplacar y bajar a una y evitar el texto recitado a otras (Mariana Vargas y Paola Oña)? ¿No está la dirección para elegir un buen reparto y que no se noten las diferencias entre el elenco? ¿No está para proponer una puesta de escena que vaya más allá de conseguir un suntuoso escenario? El teatro paceño “se tira al fuego” por un buen texto, pero éste es el “sótano despojado” donde agonizan las hermosas criadas. 

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