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Lo que el alcohol no se llevó

La Razón (Edición Impresa) / A fuego lento - Édgar Arandia Quiroga

00:00 / 27 de mayo de 2018

En los eventos preparativos para el grandioso despliegue de la procesión danzada del Señor Jesús del Gran Poder, que duran ocho meses, se gastan $us 50 millones. Sabemos que las libaciones para emprender el contacto con las divinidades son un elemento común en todas las culturas. Desde China, pasando por los griegos, las misas católicas con el vino consagrado y recalando en el mundo andino y amazónico, las bebidas maceradas o destiladas son parte del ritual, y también lo son en el caso de las expresiones culturales contemporáneas. Sin embargo, hay una total desconexión entre las libaciones como puente para la comunicación espiritual y el éxtasis y los excesos en la festividad religiosa del Gran Poder, práctica que desvirtúa su sentido original.

La sacralidad siempre está construida sobre la vida y la muerte. Por eso, cuando en las fiestas de las comunidades celebran la vida, borrachera incluida, corresponde a un tiempo sagrado en el que la conciencia moral no es individual, sino colectiva o de pareja. Por caso, en el mundo andino un ser individual no alcanza la categoría de ser humano: solo el ser pareja es humano; por eso en las fraternidades siempre prevalece la pareja, que son visualizadas ampliamente, y no hay pasantes solitarios de la festividad, tal vez con algunas excepciones de viudez, por ejemplo.

El Espíritu Santo cristiano tiene su correspondencia con los espíritus andinos. Así, Richard Quispe dice: “El Espíritu de Dios actúa de modos que están más allá del entendimiento humano: puede ocurrir que la libertad del Espíritu nos desafíe y sorprenda cuando iniciemos el diálogo con pueblos de otras religiones (Ortega 1991:105) (…) En la cosmovisión andina encontramos la presencia del Espíritu, además de los espíritus de la tierra. Estos últimos, manifestados en espíritus protectores de los hogares, de la comunidad y de toda la creación. Estos espíritus habitan lugares específicos y conviven con las y los habitantes andinos (Defender la vida, 2006)”.

Los achachilas y la Pachamama son los espíritus ancestrales que protegen a las comunidades, Awicha y el Kuntur mamani son los espíritus que protegen el hogar; las illas y las ispallas son los protectores de los animales y los productos agrícolas. “Estos espíritus conviven en la tierra junto a los habitantes andinos” (ibídem).

Es común que los fraternos antiguos de los grupos de danzantes soliciten a los bordadores que en los trajes que visten estén representados estas representaciones simbólicas. Aunque en la actualidad han cambiado y son reemplazados por diseños decorativos sin sentido simbólico alguno.Así como existe el lado bueno, para la complementariedad debe existir el lado malo, lugar donde moran anchanchus, ninawillas y saxras; los que habitan en la Manka Pacha, en lugares inhóspitos y en las profundidades de la tierra, desde donde proveen vida porque son también hijos de la Pachamama. Durante la evangelización, para facilitar la comprensión dogmática católica estos seres fueron considerados infernales. Por eso la idea del bien y el mal como una consideración dual cristiana no es aplicable a la valoración moral andina, en la que ambos se complementan de manera natural.

Durante los preparativos de la llamada Gran Entrada folklórica suceden una serie de relaciones interpersonales como los compadrazgos, que solidifican grupos de personas que construyen una comunidad en torno a la devoción a Jesús del Gran Poder, del Tata Santiago o las numerosas advocaciones marianas. En cada una de estas festividades se liba, según van avanzando los meses y los días que se acercan a la fecha de la conmemoración, en tanto han sucedido bautizos, matrimonios, ceremonias fúnebres, cumpleaños… que van afianzando los vínculos sociales y espirituales.

Para los andinos, la espiritualidad no es un conocimiento o una técnica, sino un modo de vivir, como argumenta Quispe Aguirre, al afirmar que los habitantes de los andes viven para relacionarse con el espíritu y los espíritus ancestrales. Eso ocurrió ayer, otra vez, como un rito anual de poderosa creatividad que nos recuerda quiénes somos y cómo debemos reconocernos, buscándonos otra vez. El alcohol se vaporó, queda lo vivido.

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