Columnistas

Los alimentos naturales no existen

Desde tiempos remotos la humanidad ha mejorado los alimentos a través de cruzamientos.

La Razón (Edición Impresa) / Wolf Rolón Roth / La Paz

03:46 / 06 de abril de 2015

Es difícil que el gran público entienda lo que son los transgénicos si cree que los alimentos naturales existen. Todo alimento es producto de la manipulación humana, que desde tiempos remotos ha mejorado animales y plantas silvestres a través de cruzamientos, modificando la estructura genética inicial para resaltar características deseables (un cultivo de tomate en el que todos tienen determinada forma y tamaño, por ejemplo). La diferencia entre la técnica convencional y la transgénica es que en la primera no intervienen organismos distintos (se cruzan tomates entre sí), mientras que en la segunda se introducen genes de un organismo diferente (se combina el tomate con una bacteria). La biotecnología nos permite prescindir de elementos externos con excepción de la semilla, y es la que hace posibles a la agricultura orgánica y la agroecología. Es impresionante, por ejemplo, la cantidad de veneno que se aplica a un cultivo convencional de tomate no mejorado genéticamente para ser resistente a plagas y enfermedades.

El gran valor de la fauna y la flora silvestre reside en que son una fuente insustituible de genes, que a través de una combinación apropiada dan lugar a los frutos, las verduras, los cereales y las carnes actuales que no se recogen prístinos de la naturaleza. Por eso los alimentos naturales no existen, como no existe la agricultura natural. “La única agricultura natural es la cacería y la recolección”, dice el maestro Fukuoka, precursor de la permacultura (sistema agrícola de automantenimiento basado en ecosistemas naturales).

El mejoramiento genético que permite que comamos una lechuga perfecta, creada mucho antes de que se cultiven alimentos transgénicos, es el resultado de cruzamientos y diseños experimentales de empresas transnacionales o institutos de investigación que recuperan la inversión a través de la propiedad exclusiva de la semilla, garantizando y certificando sus características concretas que se pierden en la resiembra; no es posible reutilizar las semillas, debido a que las plantas pierden sus características deseables. Por eso no es correcto afirmar que los cultivos transgénicos aumentan la dependencia de empresas transnacionales,  siendo que ya dependemos de ellas hace mucho tiempo para todo, desde una manzana pulcra a una gallina prodigiosa capaz de poner un huevo todos los días del año. El problema reside en que el avance tecnológico lo lideran empresas de lucro, cuando debería estar en manos de institutos y universidades.

El mejoramiento genético provoca pérdida de biodiversidad al ser un proceso de selección continua que va desechando genes no deseados. Esto hace imprescindible aislar, preservar y proteger los recursos genéticos con bancos de germoplasma y normas adecuadas de producción, y no a través del rechazo a la tecnología. Estos bancos están representados por la compilación clasificada de germoplasma nativo y por los parques, las áreas protegidas y los territorios indígenas.

Resulta extravagante que un país que siempre ha sido irresponsable a la hora de cuidar su germoplasma, que no prioriza la inversión en innovación tecnológica, que hasta ahora no ratifica el protocolo de Nagoya para el acceso y distribución de beneficios de la biodiversidad y que arremete contra indígenas y parques en la vieja lógica de “mucha tierra para poco nativo”, prohíba el uso de transgénicos. Es el resultado de que la agropecuaria esté en manos de gente no seleccionada por su capacidad, sino por su servilismo político.

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