Columnistas

Más allá del acuario

Un inocente click de nuestro ratón constituye un dato valioso para muchas empresas.

La Razón (Edición Impresa) / Elvis Vargas Guerrero

00:00 / 15 de julio de 2013

Edward Snowden no dijo nada nuevo, no contó nada que antes no se sabía. Snowden sólo aportó la prueba de lo que muchos especulaban. El acumular datos para saber lo que otras personas hacen se lo practica desde la antigüedad, con buenos y malos propósitos (“Si conoces al enemigo y te conoces a ti mismo, no deberás temer el resultado de 100 batallas” reza un conocido refrán). Por lo tanto, se ha ido del chisme al sistema erigido para controlar y esclavizar personas. Se sepulta al individuo libre en la sociedad globalizada.

Todo se puede rastrear. Se sabe cómo me alimento (hábitos de consumidor), dónde camino (GPS), se escucha lo que converso (redes telefónicas), se lee lo que escribo (email), se planifica lo que compro (por internet o el supermercado), se controla lo que gano (bancos), se sabe cuándo he nacido, cuándo muero, cuándo se tiene idea de que seré concebido (test de embarazo). Todo esto parece un chiste, pero no es así, los supermercados o la droguería del centro de tiendas cercano guardan toda esta información, y si alguien quiere saberlo (servicios secretos, empresas), queda disponible, porque no se ha vulnerado ninguna ley. Al pagar con mi tarjeta de banco doy automáticamente permiso para ello. Por ejemplo, el otro día me llamó un vendedor de boletos de viaje desde la India, que trabaja para una agencia de viajes de EEUU, para ofrecerme una promoción de verano. No lo conozco, nadie de mis amigos y conocidos nos ha presentado, y sin embargo, sabe mi número de teléfono, dónde yo vivo, que tengo planes de viajar este verano y que puedo pagar un ticket de avión.

 Lo que cambió respecto al pasado es el individuo transparente. En la era digital, la información es la base de lo que acontece, no sólo la moneda de cambio. Ya no somos personas o fuentes de información, somos información y nuestro valor se mide en esa función. Al nacer, nuestros datos son almacenados por los registros sanitarios; luego van a las instancias educativas, profesionales, policiales, etc. Producimos mucha información y no somos conscientes de ello. Por ejemplo, la información más privada y vital para nosotros es nuestro propio DNA, y lo regalamos o lo toman  sin nuestro permiso (campañas de vacunación). Dentro de poco no existirá individuo en el planeta de quien no se conozca su DNA, que es actualmente lo que en el pasado fue la huella digital.

Internet es un acuario. La información son pececitos de colores que necesitan una pecera. Ahí va de manera clasificada. Suena cool usar Facebook. Nombro esta empresa porque tuve un conflicto con ella sobre derechos de autor, debido a que no leí muy bien sus condiciones generales de uso en las que todos cedemos de por vida y de manera gratuita el uso de la información que producimos. Somos usuarios, pero también productores de información. Un inocente click de nuestro ratón y es un dato valioso para muchas empresas. ¿Y quién es consciente de aquello? Desde que internet existe, su control ha sido de importancia capital para los servicios secretos. Ellos miran a través del vidrio del acuario y desde allí determinan qué pez debe salir de la pecera.

Siempre he leído con fascinación las teorías del complot como la del Nuevo Orden Mundial, en la que empresas y consorcios se unen para controlar el mundo y determinar cómo nuestras vidas deben transcurrir. Si Snowden tiene un delito es hacernos ver que la ficción siempre es más pequeña y pobre que la realidad. Todo esto ya acontece. Los Estados son sólo marionetas en el mundo globalizado. Obama es sólo un inquilino. Los que vendrán harán lo mismo, y no importa si son chinos o rusos. El problema es la monstruosidad del poder que ha aniquilado al individuo y trasciende a las personas o Estados.

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