Columnistas

Más allá de la muerte

Con García Márquez la literatura se me hizo familiar y supe que lo que yo quería contar era posible

La Razón (Edición Impresa) / Homero Carvalho Oliva

00:22 / 24 de abril de 2014

La primera vez que pensé en la muerte fue cuando de niño vi, en una casona antigua, un inmenso reloj detenido. El tiempo se había interrumpido a una determinada hora y ahí estaba el aparato marcando la misma hora a cada instante y, entonces, tuve la melancólica sospecha de que algún día teníamos que detenernos para siempre. Pensé que eso era la muerte: detenerse en el tiempo. Años después, con la muerte de algunos seres queridos se me ocurrió que habían partido para habitar un mundo otro, que no es lo mismo que el otro mundo. El mundo otro tiene que ver con la otredad, con lo que somos en una dimensión paralela. En esa dimensión, habitan mis abuelos y mi padre, Antonio, quien fue el primer muerto que me dolió tanto que su recuerdo es un salmo mágico para alejar la tristeza.

Más allá de la muerte quedan los recuerdos, y los escritores escribimos para que los recuerdos perduren, para que los recuerdos de la humanidad sean registrados en el libro eterno de la vida (cada libro es un capítulo del libro infinito, que es la memoria de lo que fuimos, de lo que somos y de lo que seremos; son la memoria del corazón). Más allá de la muerte hay solamente imágenes y palabras, y hay que vivir para que cuando nos recuerden evoquen las palabras apropiadas, las que nos hicieron amar y ser amados. Por eso, cuando muere un escritor, además de su nombre, son importantes recordar un verso, un libro o alguna frase memorable que haya escrito.

Me dolió la muerte de Gabriel García Márquez porque, como dicen mis hijos, era como si fuera de la familia; sus libros son y serán frecuentemente citados en mi casa. En cierta ocasión, en 1970, cuando tenía 13 años, mi padre me regaló un libro de cuentos llamado Los funerales de la Mamá grande, miré la foto del autor y los hallé parecidos físicamente; mi padre se rió de la ocurrencia y me advirtió que depositaba en mis manos la obra del que sería el más grande escritor de América Latina, destinado a ganar el Premio Nobel de Literatura. Años más tarde en 1982, cuando ya tenía 25 años y había leído todo lo que el colombiano había publicado hasta entonces, la profecía de mi padre se cumplió, y me sentí tan feliz como si me hubiera ganado la lotería. Sentí que con ese premio reconocían la literatura de una región del mundo y su mágica forma de afrontar la vida y la muerte. Su obra, junto a la del boom de la literatura latinoamericana, cambió el lenguaje español que ya estaba anquilosado. Lo renovó con las palabras de los pueblos originarios de América Latina, incorporándolas definitivamente al lenguaje literario.

Ahora, parafraseando el magistral inicio de Cien años de soledad, puedo decir que muchos años después, frente a la máquina de escribir, habría de recordar aquella tarde remota en la que mi padre me entregó ese libro de cuentos y el mundo cambió para mí: me hizo descubrir que la página en blanco era un universo por conquistar. Con García Márquez la literatura se me hizo familiar y supe que lo que yo quería contar era posible. La reivindicación y revalorización tanto de su obra como de su personalidad recién empieza.

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