Columnistas

La amenaza incómoda

Un mundo más respetuoso con la naturaleza será posible cuando exista una humanidad solidaria

La Razón (Edición Impresa) / Wolf Rolón Roth

01:47 / 30 de octubre de 2014

Así como ciertos sectores de la industria niegan que exista un cambio climático, argumentando que lo que ocurre es parte de un ciclo histórico normal y no el resultado de la actividad humana, los defensores del medio ambiente que atribuyen a la actividad humana el calentamiento global eluden relacionarlo con la sobrepoblación. En el fondo, para ambos bandos la verdadera amenaza es un asunto incómodo.

Sin embargo, no es fantasía el hecho de que la población de la Tierra tardó miles de años en llegar a una población de 1.000 millones de personas (principios del siglo XIX) en contraste con la vertiginosa velocidad con que en solo 50 años, de 1920 a 1970, cuando ya tenía 2.000 millones, se duplicó a 4.000. En nuestros días, como acaba de publicar la revista Science en base a estimaciones de Naciones Unidas, se demuestra que habrá casi 12.000 millones de humanos antes de fin de siglo.

No es difícil comprobar, basta navegar por imágenes satelitales, que los lugares devastados del mundo son regiones sobrepobladas. El color verde oscuro intenso de la imagen satelital del departamento de Pando, por ejemplo, contrasta con el paisaje parduzco surcado de grietas del otro lado de la frontera, cuyos bosques han sido arrasados. No es que los habitantes de Bolivia sean mucho más responsables con la naturaleza que sus vecinos del Brasil, no es que este contraste entre vida y muerte se deba a complejas variables, es simplemente resultado de un solo factor: la diferencia de población.

Si el crecimiento de la población humana está fuera de control y todos los estudios desde la época de Malthus prueban que es un proceso que no se va a estabilizar, es lógico por lo menos sospechar que los desórdenes del ciclo histórico o el cambio climático sean producto de esta amenaza. Pero el problema de fondo es que la sobrepoblación no se debe simplemente al incremento de la tasa de natalidad, sino en gran medida al atraso cultural de la humanidad, anclada en valores del siglo I que provocan desigualdad y discriminación. Las regiones con mayor pobreza son las dominadas por grupos de poder cuya filosofía pregona la misoginia, la homofobia y el racismo con diversos eufemismos. 

De la misma forma en que no suele relacionarse la destrucción de ecosistemas con la sobrepoblación, no es frecuente vincular la sobrepoblación con la desigualdad. Por eso millones de personas salen a las calles del mundo para llamar la atención sobre la urgente necesidad de hacer algo para mitigar el cambio climático, pero no para concientizar sobre la terrible amenaza de la sobrepoblación, que es el resultado de la indiferencia y la falta de solidaridad. Es incómodo reconocer que lo que verdaderamente puede acabar con el mundo es la injusticia social.

La sobrepoblación es el resultado del individualismo que pregona la falacia de un capitalismo sustentable, exacerbando el cambio climático, la guerra, las migraciones en masa y el hambre; pretendiendo que la solución está en la expansión de la producción agrícola, cuando el mundo desperdicia anualmente 1,3 billones de toneladas de alimentos, mientras que 805 millones de personas sufren desnutrición crónica o hambre.

No se trata entonces solo de ser más responsables con el medio ambiente,  sino de comprender que su deterioro es consecuencia de enormes distorsiones sociales. No es la ciencia la que detendrá el cambio climático, sino un cambio universal de actitud, porque un mundo más respetuoso con la naturaleza solo será posible cuando exista una humanidad solidaria.

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