Columnistas

Mi amigo Luis Ramiro

No voy a hablar del educador ni del comunicador, voy a hablar de mi amigo Luis Ramiro

La Razón (Edición Impresa) / José Rafael Vilar

00:17 / 21 de julio de 2015

No voy a hablar del Luis Ramiro Beltrán Salmón educador porque nunca fui su alumno, ni del comunicador que honró muchos premios internacionales, porque nunca trabajé con él. Además, otros, y muy bien, ya lo han hecho. Voy a hablar de mi amigo Luis Ramiro.

Mi primer contacto con mi amigo Luis Ramiro lo tuve a inicios de los 90. Un día necesité un dato sobre políticas públicas en sanidad y llamé para solicitarlo a la oficina local de la Johns Hopkins University; me derivaron a un señor que me dio rápida y cordialmente toda la información. Luego se me presentó telefónicamente: era Luis Ramiro. Pasaron los años y se fue labrando una amistad que crecía en calidad. No podría decir cómo creció ni sus momentums, pero un día supe que estaba fraternalmente enamorado de dos personas únicas y complementarias: Luis Ramiro y Nora.

Luis Ramiro fue bendecido en su vida con dos mujeres: su madre, Bethsabé Salmón Fariñas (periodista, feminista creativa, intelectual y promotora social), quien fue el motor que hizo arrancar en el niño huérfano de padre (héroe de la inútil Guerra del Chaco) las virtudes que sus capacidades prometían; y por Nora Olaya, su colaboradora insustituible, su fiel compañera, su amada de muchos años. Ambas lo fortalecieron y le colaboraron en su vida.

La época en la que compartimos con mayor frecuencia fue entre los últimos años de los 90 y los primeros años del siglo siguiente, frecuencia que estuvo en suspenso entre fines de 2004, luego de que me fui a México, y 2007, cuando regresé por pocos años a La Paz; y de ello rescato dos aspectos de mi amigo Luis Ramiro que, aunque mencionados someramente por algunos estos días, merecen más: su infinita alegría de dar felicidad y su desempeño ejemplar al frente de la Corte Nacional Electoral boliviana.

En agosto de 2001, en medio de una crisis de representatividad y democracia, Luis Ramiro Beltrán fue elegido presidente de la Corte para, junto a otros notables, llevar a buen término la elección general de junio de 2002, que sería la última de la democracia representativa que surgió en 1985. Para mí, ésta fue la lección más ardua de su vida: hombre bueno y noble, sin militancia partidaria y sin entrenamiento en la realpolitik, Luis Ramiro tuvo que soportar ofensas, insultos, descréditos e incluso amenazas. Todo lo sufrió con bonhomía y humor: en esos años tuvo de vecino, varios pisos debajo de su vivienda, a un líder político rezagado en el voto popular por sus propios “méritos” que despotricaba contra él. Le pregunté qué haría si se lo encontraba en el ascensor: —¡Saludarlo!, me respondió con su sonrisa pícara de niño grande.

Y de niño grande era su alegría y su gusto por la música. Amante del bolero y de la música caribeña, siempre recordaré su “unidad móvil de relajo” (término que Beltrán acertadamente utilizaba en sentido de “solaz”): maracas, bongó, muchos más instrumentos musicales que junto con mi amigo llegaban para alegrar fiestas informales que honraba. Podría señalar más cosas, pero solo diré: era un verdadero amigo. 

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