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¿5.000 amigos?

La red me ha permitido encontrar a viejos amigos, compañeros y a excolegas de trabajo

La Razón / Homero Carvalho Oliva

00:00 / 26 de septiembre de 2013

La realidad virtual que vivimos en las redes sociales ha hecho posible el deseo de Roberto Carlos de tener un millón de amigos. En mi modesto caso, en el Facebook tengo cerca de 5.000, la mayoría de ellos son personas que me pidieron agregarlos sin que yo los conozca. De los 5.000 supuestos “amigos”, debo conocer a unos 300, y de esos algunos son, en la realidad real, amigos o, por los menos, yo los considero así. A diario interactúo con muchos de ellos y en ciertas ocasiones, en las que mis post han tenido efímeros éxitos, he llegado a tener varios centenares de “me gusta”, así como comentarios al respecto.

La red me ha permitido encontrar a viejos amigos y compañeros, ya sea de barrio, de colegio, de universidad y a excolegas de trabajo con quienes no tenía contacto desde hacía años, por no decir décadas; así como conocer a otra gente linda, entre ellos a escritores con los que luego he coincidido en encuentros literarios dentro y fuera del país.

Debo reconocer que la mayoría de los encuentros virtuales, que se generan a diario, me satisfacen profundamente y me han ayudado a seguir creciendo y mejorando como ser humano.

En las redes hay de todo. Desde aquellos que pasan todo el día atacando al Gobierno, seguros de que lo van a desestabilizar, y los que lo defienden a rajatabla; están los que, emputados con el mundo y sus alrededores, agreden a otros bajo cualquier pretexto; los que comparten cadenas cristianas y fotos de personas desaparecidas; los que promocionan sus tiendas y los productos que venden; los que repiten sin misericordia sus mismos post; los que ponen caricaturas, paisajes o las tapas de sus libros en la foto del perfil. Y, también, los que usamos las redes para compartir nuestros escritos, música, fotografías, pensamientos, cumpleaños, libros y otras “cosas peores”, pero agradables como dicen mis hijos.

Si bien es cierto que cada quien es dueño de poner en su muro lo que le dé la gana, algunos abusan de la etiqueta, y sin compasión nos etiquetan a diario con cualquier cosa, invadiendo nuestros espacios y álbumes personales con cosas que no nos interesan, como anuncios comerciales, comentarios y/o imágenes ofensivas incluso al sentido común. Desde hace tiempo y, ejerciendo el derecho de que en mi muro entra solamente lo que yo quiero, elimino las etiquetas de quienes cuelgan o escriben este tipo de tonterías. Respeto, como debe ser, los comentarios políticos escritos con altura, porque considero que contribuyen al debate de manera honesta y sincera.

Por lo demás, y habiendo pasado ya la mitad de un siglo, creo que la vida es demasiado corta para perder el tiempo en sospechosas publicidades y amargarse la vida con opiniones que destilan odio, mezquindad y envidia. Hay tanto libro bueno para leer, tanta música conmovedora para escuchar, hay tantas anécdotas y reflexiones para compartir, tanto paisaje para disfrutar, que no pienso perder el tiempo en cosas pequeñas. Mientras escribía esto escuchaba a Amy Winehouse que murió muy joven.

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