Columnistas

El amor a un metro de distancia

Las personas se han vuelto lejanas, y esa lejanía impera en las casas, calles y mercados de Monrovia

La Razón (Edición Impresa) / Elvis Vargas Guerrero

00:23 / 10 de octubre de 2014

Si me amas conserva tu distancia. No se trata de un virulento brote de amor platónico, sino de que el ébola es real. El enemigo ya no acecha en las trincheras donde la violencia religiosa y tribal ha cegado tantas vidas; ahora el enemigo está en la intimidad, durmiendo al lado y siendo la persona que más quieres. La caricia, el gesto de amor más sincero pueden convertirse en la acción más mortífera que se ha conocido. Es así que las personas se han vuelto lejanas, y esa lejanía impera en las casas, calles y mercados de Monrovia. Y no es casual que en sus avenidas vetustas y desérticas los varitas se hayan olvidado de los autos, y en cuenta de ordenar el tráfico vehicular tomen las aceras cambiando sus silbatos por megáfonos para exigir el metro distancia que permita salvar vidas.

Si en Occidente el miedo es solo un marketing farmacéutico, en Liberia, Sierra Leona y Guinea el miedo es la verdadera pandemia. La soledad hace mella y allí la vida normal se ha vuelto imposible. La desconfianza es la ley. Todos andan armados con guantes de látex y sus rociadores de agua clorada. Ya no practican las tradiciones rituales de venerar a los difuntos, porque los muertos son más peligrosos que los vivos. Si alguien fallece, nadie lo entierra, esperan hasta que los hombres de traje blanco del Gobierno lo hagan. Un enfermo, no importa de qué, es un paria y es abandonado en las puertas de los hospitales por sus familiares, donde los pacientes del ébola van muriéndose de hambre. La ausencia de intimidad nos lleva a la completa insensibilidad.

El ébola es un virus con carácter discriminador: la víctima siempre es el negro pobre, porque al rico ni siquiera lo huele. Ha encerrado en las fronteras de su inframundo a los mismos yescas que deambulan entre tantas hambrunas, faltas de escuelas, hospitales, desastres naturales y enfermedades prevenibles. Ha hecho de esta tragedia una abominable farsa. El altruismo se ha vuelto detestable de tanto religioso que considera a las personas como desvalidos y objeto de evangelización; de todos esos deportistas, actores, gente de farándula que promueven su imagen a costa de las víctimas; y del infaltable show de los políticos. Obama prometió bombardear las posiciones del ébola con ayuda humanitaria. Aunque, cuando la limosna es grande, hasta el santo desconfía, y mucho más de un devoto como él. Mientras tanto, sus tropas de tierra, médicos e investigadores van recogiendo cepas del virus. Incluso una empresa logró patentar una de ellas en la lucha encarnizada por desarrollar la vacuna. Sus aviones arrojan biblias, comida, agua y medicinas compradas a empresas norteamericanas. ¡Este capitalismo que ha convertido la vida y la muerte en un juego bursátil!

Para la OMS ya no existe ética al permitir que seres humanos sean usados como conejillos de indias; al fin de cuentas, toda esa gente ruega para que experimenten con ellos. Y es que al ver ese sufrimiento, ya no dan ganas de llorar, sino bronca, porque es la misma dinámica del saqueo que se repite. Antes se llevaron esclavos, oro, diamantes y hoy en la nueva reconquista se llevan el coltán, el tantalio y el niobio para satisfacer la demanda de teléfonos celulares. Y para colmo, adquieren derechos sobre nuestras enfermedades. Con la gripe mexicana, la aviar y la porcina, la industria farmacéutica produjo millones de vacunas que los gobiernos paranoicos compraron, pero nunca las utilizaron y ahora solo son deshechos biológicos. El Gobierno boliviano debe invertir más en erradicar el dengue que en prevenir el ébola. Los médicos europeos, a pesar de haber tenido el primer contagio, han dicho que la posibilidad de expansión del ébola a Europa es ínfima, y probablemente sea así para Bolivia. Por eso, los ciudadanos occidentales nos solidarizaremos con una comilona y un bailongo para recaudar dinero para las víctimas del ébola.

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