Columnistas

Que 2012 sea un año de paz

Depender de las circunstancias impide a las personas apreciar en qué consiste la felicidad

La Razón / Gary Rodríguez

02:32 / 09 de enero de 2012

Todo inicio entraña una esperanza, y mucho más cuando se empieza un nuevo año, como el actual. La gestión que pasó dejó amarguras, tristeza y llanto para muchos; pero también felicidad, alegría y risas, para otros. La vida es así. Es una mezcla de sucesos para vivirlos. El secreto de la felicidad está en cómo administrarlos. Si quiere que 2012 sea “su año” de realizaciones siga leyendo, pero atrévase a pensar diferente…

Depender de las circunstancias hace que las personas pierdan la oportunidad de apreciar en qué consiste la felicidad. No solo le pasa al pobre —que masculla su pobreza— sino también al rico, al que a veces no le basta su riqueza. No le pasa solo al ignorante —que envidia las luces de quien sabe— sino también al instruido, que en su propia sabiduría no ayuda al que lo precisa. No le pasa solo al gobernado —que más de una vez no se siente interpretado— sino también al gobernante, que no entiende que debe servir, antes que ser servido.

Cuando las circunstancias son las que determinan el estado de ánimo de una persona, será normal que su vida esté llena de más momentos tristes y situaciones decepcionantes antes que de periodos felices y estados de satisfacción. ¿Por qué? Porque lo malo y lo negativo, normalmente, pesará mucho más en su alma que lo positivo y feliz que le pudo haber pasado. ¡Cuánta gente vive y se tortura por los recuerdos, no solo los malos sino también los buenos, no queriendo asumir su realidad actual!

Cuando escribí Todos vamos a morir en mi anterior columna, quise cerrar 2011 con un mensaje de reflexión y esperanza. Mientras haya vida, habrá esperanza; pero, no una expectativa común, sino la que produce la fe. Una convicción que exige cambiar la forma de ver las cosas, empezando por entender que nada de lo que el mundo nos pueda dar será suficiente para llenar el vacío que todo ser humano tendrá hasta que realmente lo sepa llenar.

La felicidad a la que aspira el hombre común tiene que ver con “acumular” más dinero, conocimiento, poder, honor y placer; sin saber que con dicho enfoque —en la perspectiva de la eternidad— todo lo que el mundo le podrá ofrecer será unos cuantos años de riqueza; un poco tiempo de vitalidad; y un fugaz lapso de diversión y gloria. Porque, más temprano que tarde, todo el dinero y el conocimiento del mundo no servirán para comprar más salud o vida; ni todo el desenfreno o el ocio, para alcanzar la paz. ¿Cómo lograr la felicidad actual y por la eternidad?

La verdadera felicidad consiste en experimentar la paz que proviene del amor verdadero. No un amor egoísta, que calcula, que espera algo a cambio, sino el que implica dar aún sin tener; servir sin discriminar; gastar la vida en hacer el bien. Este es el amor que da paz al hombre pues, más allá de toda circunstancia pasajera, estará enfocado en los demás, antes que en sí mismo. El verdadero amor es sufrido, es benigno; no tiene envidia, no es jactancioso, no se envanece; no hace nada indebido, no busca lo suyo, no se irrita, no guarda rencor; no se goza de la injusticia, pero sí de la verdad. Todo lo sufre, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta. ¡Es el mismo amor de Dios!

Una persona muy querida me enseñó que Dios da lo que el mundo no puede dar; y lo que Dios da, el mundo no lo puede quitar. Si quiere vivir 2012 en paz, atrévase: reciba a Jesucristo como su Salvador y Señor, y perciba el Amor de Dios en su vida. Yo ya lo hice y ¡dio resultado!

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