Columnistas

Los años feroces

La Razón (Edición Impresa) / Seres de palabras - Homero Carvalho Oliva

05:30 / 26 de febrero de 2015

Estando en La Paz, visité la librería El Pasillo para saludar a sus propietarios, Carmen Vargas y Carlos Ostermann, quienes siempre están dispuestos a brindar una buena conversación y a recomendar títulos y autores. Compré el último libro de Julio Barriga, El hombre que amaba a Amy Winehouse, y esa noche lo leí de una sentada, recordando anécdotas de mi juventud en la ciudad del Illimani, esa montaña tan hermosa que repite tres veces su hermosura; leyéndolo volví a sentir el frío de las amanecidas de mi juventud.

Entre otras cosas, Julio cuenta acerca de su vida en La Paz a finales de los setenta y de los ochenta, años en los que yo empezaba a escribir y a publicar mis primeros cuentos; y como Dios los cría y el Diablo los junta, nos conocimos en uno de los tantos bares que frecuentábamos en ese entonces y que fueron desapareciendo con el tiempo (en realidad eran unos avezados tugurios). Julio era un lector empedernido y también escribía sus primeros poemas, irreverentes e iconoclastas como él mismo. En esa época no había muchas editoriales, y publicar un libro era todo un acontecimiento, porque era un acto de liberación y de rebeldía al mismo tiempo. Como anarquistas y aprendices de la palabra revelada, todos queríamos tener nuestras propias revistas para publicar los textos que impenitentes acometíamos sin amos en la tierra ni dioses en el cielo. Así fue que aparecieron revistas publicadas en policopiadoras, trabajadas en esténcil, con títulos como Papel higiénico, dirigida por Humberto Quino, y Camarada Máuser, comandada por Jorge Campero, quien luego publicó otras que llegaron a ser de colección.

De todas las revistas de esos años, solamente tengo una llamada nada menos que Vidrio molido, que hicimos con Adolfo Cárdenas y Vladimir Montesinos, ejemplar que, hace un par de años, me fue obsequiado por Mauricio Souza. El ejemplar mimeografiado se abre con un cuento de mi autoría; continúa con poemas de Vladimir; un cuento de Adolfo; dos prosas poéticas de Julio, una de ellas es la ya famosa El fuego está cortado; poemas de Jorge Campero, de Fernando Rosso y otros textos de escritores y poetas bolivianos así como de latinoamericanos.

La lectura del libro de Julio me hizo buscar este ejemplar y al hojearlo; también revisé mi vida en esos años feroces en los que abandoné mis estudios de Sociología en la Universidad Mayor de San Andrés con la ilusión de convertirme en escritor y me dediqué, durante un tiempo, a la más desenfrenada bohemia, quizá siguiendo las enseñanzas del “Viejocomealmas” que afirmaba que solamente se puede llegar a la iluminación a través del alcohol.   

Sin embargo, en esos años de vago y malentretenido conseguí lo que fue el mejor empleo de mi vida. Resulta que un rico ganadero del Beni, conociendo que me gustaba la lectura, me contrató para hacer su biblioteca en una amplia oficina que había alquilado por la calle México; la quería para jactarse ante sus amigos. Durante unos meses fui llenando los estantes de libros y pude costear mi propia pequeña biblioteca, así como mis incursiones por las más infames tabernas.  

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