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Los antepasados

‘Mis antepasados nos robaron la tierra... Mis antepasados no pudieron recuperarla’ (Jotamario Arbeláez)

La Razón / Homero Carvalho Oliva

00:21 / 07 de noviembre de 2013

Conocí al poeta colombiano Jotamario Arbeláez en el Festival Internacional de Poesía de Medellín 2010, y lo volví a encontrar en el de Lima en 2012. Ayer estuve releyendo un poema suyo denominado Antepasados, en el que señala: “Mis antepasados entraron a sangre y fuego en América conquistando y arrasando/ Mis antepasados se defendieron con los dientes de esta invasión de bárbaros/ Mis antepasados buscaban el oro para cuadrar las arcas de sus monarcas y saciar sus propias sedes/ Mis antepasados ocultaron el oro de sus ritos bajo tierra y bajo las aguas/ Mis antepasados nos robaron la tierra/ Mis antepasados no pudieron recuperarla/ Cómo siento en el alma no haber estado en el cuerpo de mis antepasados/ ¿De parte de cuáles de mis antepasados me pondré contra cuáles? (...)”.

Jotamario Arbeláez integró el grupo Nadaísta, fundado en los sesenta por su compatriota Gonzalo Arango, su poesía es una de las más irreverentes del continente, y él, que “se hace el loco a término fijo”, es un ser inteligente y con gran sentido del humor negro. La lectura de su poema me trajo a la mente una anécdota que me contó el escritor, poeta y periodista boliviano Jorge Suárez, quien dirigió un taller literario en Santa Cruz de la Sierra entre 1985 y 1986, del cual queda una antología denominada Taller del cuento nuevo, en la que 14 narradores muestran sus cuentos a un público nacional que no conocía o ignoraba la literatura escrita en el oriente y el Chaco bolivianos.

Jorge, con quien cultivamos una duradera amistad, gustaba de contar historias de cuando era director de periódicos y de cuando salió al exilio; él también jugaba con el humor negro y la ironía, lo que le costó más de una enemistad. La anécdota que tiene que ver con el poema de Jotamario sucedió, según Jorge, en España, en la década del setenta. Un periodista lo entrevistaba para una cadena televisiva y Jorge, de formación izquierdista, esperaba el momento oportuno para echarle en cara los siglos de explotación española en el continente americano. La ocasión se presentó y el escritor boliviano le acusó de que sus antepasados habían asesinado a millones de indígenas y que habían violado a similar número de mujeres; así como robado nuestras riquezas.

En esas estaba ampliando el rosario de atrocidades cometidas por los españoles cuando el entrevistador lo interrumpió para aclararle que estaba equivocado. Que esas atrocidades las habían cometido los antepasados de Jorge y no los suyos, porque los suyos habían permanecido en España y por eso él había nacido en Madrid; en cambio, los antepasados de Jorge se habían venido a América y prueba de ello era el apellido y el rostro europeo que tenía. Se quedó seco y él, que siempre tenía alguna respuesta a la mano e improvisaba con una extraordinaria lucidez, tuvo que reconocer que el periodista español tenía razón. Me acordé del poema y de la anécdota porque acaba de pasar octubre, que antes se llamaba el mes de la Hispanidad. Antes, porque ahora es el mes de la descolonización.

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