Columnistas

Un apasionado

Eugenio Aduviri ya era un adelantado hace 20 años, cuando comenzó en el periodismo.

La Razón / Jorge Quispe

00:00 / 20 de mayo de 2012

Allá por 1991, el programa radial La Voz del Deporte era quizás el informativo del deporte amateur más completo. Detrás de las notas del atletismo, tenis, hipismo y otras disciplinas ajenas al fútbol, el joven Eugenio Aduviri Maldonado empezaba a forjar su nombre como periodista.Para quienes comenzábamos en esta profesión y en particular el periodismo deportivo, Eugenio ya era un adelantado en el oficio. Su talento de gran cazador de noticias hizo que pronto fuera reclutado por La Razón, para después convertirse en un referente de las asociaciones y federaciones deportivas.

Eugenio era capaz de jugar fútbol en tres ligas zonales un fin de semana, atender a su hija Jéssica, y a la vez cerrar cuatro páginas del suplemento Marcas. Por eso, cada domingo, para Rafael Sempértegui y quien escribe, era un dilema el definir el espacio para el deporte amateur.

Con los resultados en la mano, las entrevistas en la grabadora, polvoriento hasta el rostro, tras una competencia en el autódromo de Pucarani, Aduviri reclamaba, como un león, el espacio para el deporte local.  

Aduviri fue de los primeros que le entrevistó a la joven Geovana Irusta, campeona sudamericana de marcha, que le tenía un cariño especial por el apoyo que le dio desde sus inicios hasta su consagración.

Él era capaz de llevar al director técnico argentino Néstor Clausen a la ciudad de El Alto para dar un curso a entrenadores de esa ciudad, y hasta de convencer a Mauricio Pinilla o Luis Héctor Cristaldo para que jueguen en las ligas zonales alteñas.

Sus cualidades como periodista deportivo eran igual o mejores que sus virtudes como persona. Solidario como pocos, humilde como los grandes y creativo a la hora de resolver problemas, así era:  El Diablo, El Doctor o simplemente Euge.

Cuando uno necesitaba ayuda, te la brindada sin pedir nada a cambio. Desde el teléfono de un dirigente hasta la dirección de un deportista, era el hombre de los mil contactos y por su puesto: un apasionado por el trabajo.

No se hacía ningún problema si había que quedarse hasta las tres o cuatro de la madrugada de los miércoles para cerrar la edición del antiguo Marcas, que salía los viernes. Al día siguiente, Eugenio estaba al pie del cañón para comenzar una nueva jornada. Así era el amigo, el periodista y el hermano de mil batallas.

Desde estas líneas te agradecemos, y en forma particular mi familia, por todo lo que nos diste en vida.

Una vez nos preguntábamos cómo se podría trascender. Tú nos diste un gran ejemplo y esperamos algún momento poder imitar el gran legado que nos dejaste.

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