Columnistas

El árbol del Chimoré

Al influjo del proyecto civilizatorio cedió la selva húmeda y perdieron los yuracarés.

La Razón / Gustavo Rodríguez

00:00 / 02 de septiembre de 2012

El aeropuerto internacional que se construye en Chimoré consolidará a la población y el trópico cochabambino como un centro exportador. La nueva conexión complementará a la carretera que desde 1971 lo une con Cochabamba y Santa Cruz, y creará condiciones para ampliar el comercio y el turismo nacional e internacional. Mejorarán las oportunidades de vida para sus habitantes.

Muy lejanos están los añosos días, siglos XVIII-XIX, cuando trasladarse desde Cochabamba suponía un largo y penoso viaje. Sorteando pasos peligrosos y aguas turbulentas, el periplo duraba siete u ocho jornadas. Los relatos de los viajeros, fuesen comerciantes en pos de negocios; sacerdotes franciscanos decididos a evangelizar a los “neófitos”; o científicos analistas de flora y fauna, que se adentraban en el trópico en esos años, constituyen una experiencia singular y enriquecedora. Pintan un vívido retrato de su paisaje humano y geográfico del hábitat Yuracaré, los indígenas originarios del trópico cochabambino.

Vestían de corteza de “carocho” y con sus largos arcos y flechas de “chonta”, útiles en sus diestras manos para cazar y pescar, se proporcionaban la base de su subsistencia, pues no dependían de la agricultura. Su cosmogonía sobre la constitución del mundo por la acción maligna/benigna de Sararuma los llevaba a dialogar con la naturaleza, de la cual no se sentían sus dueños sino sus compañeros trashumantes; sólo tomaban de ella lo que necesitaban. Fueron los yuracarés quienes dieron nombres a la vida para reconocerla. La toponimia no puede esconderse: “sama”, agua, “eñe”, sábalo, “chimoré”, grueso y alto árbol parecido al almendrillo, que según relató en 1815 José María Boso, crecía abundantemente a la orilla del río llamado precisamente Chimoré.

En sus cercanías intentaron varias veces los franciscanos establecer sus misiones y “reducciones”, para domesticar y catequizar a los yuracarés; en suma, para “civilizarlos”. Nunca lo lograron. Debieron terminar por reconocer de mal grado que los “neófitos” preferían la “libertad de los bosques”, pues ni con palos ni rezos los convencieron ni sujetaron. Los calificaron de ociosos, idolatras y malvivientes. No asumían que los indígenas preferían y defendían otra forma de vida. “Qué derecho tiene Dios, espetó allá por 1800 un yuracaré al sacerdote La Cueva, para imponernos su ley y no permitirnos que vivamos dónde y cómo queramos”.

No más de seis o siete décadas atrás los yuracarés se desplazaban aún por Villa Tunari, Todos Santos, Shinaota y Chimoré. Todo cambió entre 1941 y 1971, con los planes de colonización estatal y las carreteras. Al influjo del proyecto civilizatorio y la expansión de la frontera estatal, cedió la selva húmeda y perdieron los yuracarés. Llegó masivamente población oriunda de los valles y los Andes. Ocuparon tierras, desmontaron la floresta, cazaron y pescaron sin límites geográficos. En las bulliciosas calles del municipio de Chimoré hoy se oye quechua, castellano, aymara e incluso inglés, pero del Yuracaré no queda nada, pues se acalló la voz que le dio denominación. Cada agosto sus nuevos pobladores recuerdan su fundación en 1984, y alaban al Señor de la Exaltación, su patrono. Se impuso el espíritu del pionero agricultor, y la historia corta colonizadora se superpuso a la memoria larga de la resistencia Yuracaré.

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