Columnistas

Un árbol

Los árboles reducen las contaminaciones acústica y del aire, las corrientes de agua y la erosión del suelo

La Razón / Patricia Vargas

00:50 / 07 de marzo de 2013

Siempre que uno pasa por Mallasa, comprueba cómo, con los años, se ha ido convirtiendo en un lugar para el esparcimiento de la ciudadanía de esta urbe, especialmente por su clima templado, que invita a las familias a pasar un agradable fin de semana. La noticia de hace unos días, publicada en La Razón, respecto a que Emaverde ha comenzado a trabajar en la ampliación del Valle del Sol (Mallasa) es esperanzadora, porque evitará que aparezcan otros y nuevos propietarios, que abusivamente se atribuyen la propiedad de esas tierras.

A pesar de aquello, la sensación de malestar está presente, especialmente cuando se ve cómo, en el sector invadido, los pocos árboles que quedaban han desaparecido totalmente, hasta el punto que parecería que cada construcción ha elevado sus muros justamente sobre el lugar donde se asentaba algún eucalipto, que posiblemente necesitó de alguna decena de años para crecer, cuando se pudo construir a dos o tres metros de distancia del árbol.

El poco interés o simpatía por la naturaleza es sorprendente, y se confirma de forma permanente. De igual manera, el peligro constante de invasión a terrenos arborizados o a los bordes de algún bosquecillo (Pura Pura) se está convirtiendo en parte de la cotidianidad de esta ciudad. Un ejemplo claro de aquello es lo que sucede en Aranjuez. Talan árboles donde quieren y se apropian de terrenos para construir cualquier cosa y adquirir —a puro golpe— el derecho de propietario. Estas acciones a pocos les interesa y mucho menos les preocupa.

¿Y a fin de cuentas, qué significa un árbol? Como es de conocimiento general, un árbol, además de colaborar en la calidad del aire, reduce la contaminación urbana. Cuando están en conjunto, absorben y bloquean el ruido; es decir, reducen la contaminación acústica.

Asimismo, un árbol regula la temperatura de su entorno, produce materia orgánica en la superficie del suelo con la caída de sus hojas, y sus raíces aumentan la permeabilidad del terreno. Adicionalmente, muchos estudios afirman que los árboles reducen la corriente de agua de las tormentas y la erosión del suelo. En síntesis, sin árboles, las ciudades tendrían que aumentar el sistema de alcantarillado y el tratamiento de residuos, así como el drenaje de las aguas.

Además, conservan y mejoran la calidad de su entorno. En este sentido, revalorizan por ejemplo las viviendas, y por ende, las ciudades. Hay quienes aseguran que una vivienda que tiene un árbol incrementa en un 10% su valor económico. Y obviamente las ciudades verdes ofrecen mayor atracción para ser conocidas y visitadas. Motivos suficientes para que la caída o el corte de un árbol deban ser censurados y multados, como sucede en cualquier rincón del planeta. Esto también debido a que no es fácil el crecimiento rápido de uno nuevo.

En La Paz, incluso habiéndose efectuado grandes esfuerzos para sembrar plantines (tarea encomiable de distintas instituciones), no se ha logrado buenos resultados. Esto porque, según expertos, no se prepara previamente la tierra y menos se selecciona el tipo de especies acordes al clima de esta ciudad; causas fundamentales para que en su mayoría ni siquiera lleguen a anclarse en los suelos.

Parece más que evidente la importancia de un árbol, no sólo porque forma parte de la urbe y de su buen paisaje, sino sobre todo porque contribuye a un mejor vivir. Entonces, ¿será justo que sólo debamos observar cómo desaparecen los pocos árboles de esta ciudad?

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