Columnistas

Esto no es una arenga

Por eso van los escritores stronguistas al estadio, para hacerse pueblo.

La Razón (Edición Impresa) / Ricardo Bajo Herreras

00:02 / 31 de enero de 2018

Los escritores se han servido del fútbol de muy diversos modos, incluso lo han ignorado, como Borges. Otros narradores, como el maestro Onetti, iban a la cancha para contagiarse de una sensibilidad de masas, unánime, colectiva; para crearse un mundo sin grises y sin matices. Decía Menotti que “el fútbol es el único sitio donde me gusta que me engañen”. Una gambeta es una burla, un gol en el minuto final a lo Tigre es un simulacro de felicidad, un instante que va a desaparecer. La gloria es ese anhelo humilde que ocurre entre gritos, camisetas gualdinegras, helados de canela y café caliente café. Por eso van los escritores stronguistas al estadio, para hacerse pueblo.

El fútbol es un lenguaje. Escribir de fútbol es igual que recrear de otro modo lo que los hinchas ya vivieron y se saben de memoria. “El raro misterio de las palabras consiste en dar valor y emoción a lo que ya sabíamos”, dice mi tocayo Piglia en el último tomo de sus diarios. Hace unos años hicimos un libro con crónicas del famoso 4 de 5, el tricampeonato de The Strongest y su yapita. Cuando el Tigre ganó ese añorado “tri”, la felicidad duró una noche, pero el recuerdo de aquellas tardes con los amigos será para toda la vida.

Las grandes historias reclaman sus palabras. Los escritores las convocan y no solo a ellas, sino también a sus fantasmas. Dice el cronista brasileño Nelson Rodrígues que la muerte no exime a nadie de sus responsabilidades con el club de fútbol de sus amores. Los once players y la hinchada en las tribunas representan una minoría en comparación con todos los espectros que asisten al match.

En unas semanas se va a publicar un lindo libro con cuentos futboleros, un clásico literario entre Bolívar y The Strongest. Once escritores celestes versus once escritores stronguistas, a ver quién mete más goles en la cancha de las letras. Los gualdinegros han convocado a sus refuerzos desde el Chato Reyes Ortiz hasta el teniente José Rosendo Bullaín; desde los héroes anónimos del Chaco y la retaguardia fiel hasta los llorados en Viloco. Nadie está exento.

En esos cuentos están todos los que alguna vez gritaron o jugaron en nombre de The Strongest: un equipo es tan grande como sus “ajayus”. Los muertos también saltan al césped. Los formatos literarios breves describen mejor el fútbol que la novela (¿por qué no hay grandes novelas futboleras?), por eso los nuevos relatos gualdinegros que se vienen llegan con épica, tragedia y comedia. Los partidos suceden dos veces, dice el mexicano Juan Villoro, en la hierba y en la revoltosa conciencia de la hinchada. El delirio de los stronguistas se percibe mejor cuando se lee con pasión a sus escritores.

Elegir un club de fútbol es una manera de escoger cómo quieres pasar los domingos a la tarde. Hay algunos que se apuntan por conveniencia al campeón de turno, el Madrid o el Barça allende los mares; otros prefieren al equipo de la familia para no crear batallas cotidianas a la hora del almuerzo; y están aquellos marcados por la ciudad donde nacen. Los stronguistas optamos por la pertenencia al espíritu, al margen de copas, discusiones y urbes.

La psicología de los gualdinegros se define por ese eleven al que apoyamos a muerte, en las buenas (siempre) y en las malas (mucho más). The Strongest es, en sí mismo, asunto de la palabra; la exige para inmortalizar sus historias sin tramas paralelas, con amplias bandas para la pasión no siempre pública del escritor. Son cosas que no se entienden, solo se sienten: la misteriosa potencia que reúnen 11 camisetas en oro y negro desde hace más de un siglo.

¡Ay de un equipo que no cultive sagradas nostalgias como lo hacemos sin remedio los stronguistas para convertirlas en nuestra razón de querer y ser! Cada vez que salimos campeones y damos otra vuelta y nos vamos al Prado a festejar con desconocidos que te invitan tragos de colores volvemos al pasado leído.

Me han encargado elegir a 11 buenos escritores y escritoras del Tigre. Me han dicho que tengo que hacer de director técnico y lanzar una arenga pública para que los nuestros derroten otra vez a los de enfrente. Ya tengo a mi “eleven” invencible con sus cuentos en cancha. ¿Y ustedes?

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