Columnistas

El armamento militar no salvará a Medio Oriente

El Sr. Trump se está dedicando a la extorsión y al despojo de nuestros vecinos sauditas. El viaje de Trump ha sido leído por los déspotas de la región como un cheque en blanco para reprimir

La Razón (Edición Impresa) / Mohammad Javad Zarif *

23:56 / 02 de junio de 2017

Contrariamente a los sauditas, Irán busca una salida política para Siria e Irak. ¿Acaso no se le debe dar otra oportunidad a la paz? Mientras el Sr. Trump era recibido en los palacios de la familia real saudita tras la firma de un histórico contrato armamentístico, el pueblo de Irán festejaba los resultados de unas elecciones reales y desafiantes. Las elecciones mostraron la determinación de los votantes iraníes de dar continuidad al camino de moderación e interacción constructiva sobre la base del respeto mutuo, un camino que posibilitó el acuerdo nuclear de 2015.

Si la eficiencia de los métodos anteriores se tomase como criterio para el éxito en el futuro, otros 110.000 millones de dólares destinados para armamento, “no quitarán de los hombros de Washington la carga que suponen gastos adicionales”, ni tampoco ayudará a “la seguridad a largo plazo de Arabia Saudita”, como bien afirma el Departamento de Estado de Estados Unidos. La última vez que los sauditas gastaron una de estas desmesuradas sumas pagaron más de 70.000 millones de dólares en la década de los 80 con el fin de armar a Saddam Hussein para que invada a Irán, pero vean cuáles fueron los resultados de esta acción para el mundo y para ellos mismos.

Por lo tanto, en el más optimista de los casos, el Presidente de EEUU se está dedicando a la extorsión y al despojo de nuestros vecinos sauditas, de un dinero que en realidad no están en capacidad de pagar. En el más pesimista de los casos, el Sr. Trump convertirá a Estados Unidos en un mercenario de sauditas en Medio Oriente. Lo feo de este caso se hace más visible cuando nos enteramos que 15 de los secuestradores de los aviones implicados en los sucesos del 11 de septiembre de 2011 eran de nacionalidad saudita. Tal y como sugieren la represión del pueblo saudí justo antes de la visita del Sr. Trump y el mortal ataque del régimen de Bahrein contra las protestas populares en ese país, aquel viaje ha sido leído por los gobernantes déspotas de la región como un cheque en blanco para reprimir todas las manifestaciones pacíficas restantes.

En otras palabras, algo muy malo está sucediendo en Medio Oriente. Para evitar una mayor propagación del flagelo del terrorismo y el extremismo violento, los líderes responsables de las capitales regionales y del resto de los países del mundo deben actuar con urgencia y dar pasos serios e inmediatos para enfrentar estos peligros. Más allá de los bailes de espada y banquetes protocolares, existen en la región contradicciones fundamentales que deben ser abordadas. 

En Yemen, Arabia Saudita está atacando a las milicias houthi, que han demostrado ser las únicas fuerzas capaces de derrotar a Al Qaeda en la Península Arábiga (AQAP), el grupo más letal de la actual red terrorista mundial. Los partidarios occidentales de la coalición dirigida por Arabia Saudita exponen que su motivación es el apoyo a la “democracia”, sin embargo, ese mismo concepto tiene pocos seguidores en Riad o entre otros aliados árabes de Estados Unidos.

La tragedia de Yemen desafortunadamente se repite también en Siria. Allí, las fuerzas que están en la primera línea de combate contra los extremistas wahabíes están siendo amenazadas simultáneamente por la política antiterrorista de los países occidentales, una política que a menudo es arbitraria en su distinción entre aliados y enemigos.

Permítanme ser más claro: lo que el presidente Trump llamó una “gran cantidad de hermosos equipos militares” no drenará los pantanos creados por las sucias aguas del terrorismo y la militancia extremista. Ni las cadenas de oro, ni las esferas brillantes proporcionan una solución mágica a los desafíos socioeconómicos y políticos que impulsan el extremismo. Lo único efectivo será el esfuerzo real para forjar una interacción inclusiva entre las potencias regionales, basada en una política de convivencia y aceptación de que las soluciones militares son inútiles.

Mientras que Arabia Saudita gasta incontables millones de dólares promoviendo la iranofobia para distraer la opinión pública de su exportación global, o sea el wahhabismo (que inspira la ideología extremista de Al Qaeda, el llamado Estado Islámico y muchos otros grupos terroristas que causan estragos desde Karachi hasta Manchester), Irán ha estado ayudando a las víctimas del extremismo en Irak y Siria. Al ayudar a impedir que el Estado Islámico se apodere de Bagdad y Damasco, Irán está apoyando activamente una solución política a los conflictos en ambos países.

En 2013, Irán propuso un cese inmediato al fuego y un plan para poner fin a la guerra en Siria. Durante más de dos años, Arabia Saudita rechazó categóricamente la premisa de que el conflicto sirio no tenía solución militar, aferrándose a la ilusión de que al arrastrar a Estados Unidos a la guerra, sus marionetas extremistas lograrían la victoria en el campo de batalla. Tras la pérdida de innumerables vidas, finalmente en 2015 nuestro plan sobre Siria se convirtió en la base de la resolución 2254 del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas.

Recientemente, la iniciativa de diálogo liderada por Irán, Turquía y Rusia, aunque lejos de ser la ideal, logró ser un mecanismo eficaz para la reducción de las tensiones. La diplomacia de doble vía en Siria, donde los combates han disminuido y los esfuerzos antiterroristas han tenido progresos, proporciona una fórmula creíble para la resolución de otros conflictos de la región.

Con 7 millones de yemeníes al borde de una hambruna provocada por la acción del hombre y virtualmente la mitad de la población de Siria desplazada, las crisis son demasiado urgentes como para perder el tiempo apuntando al otro con dedo inquisidor. Más bien, para encontrar una solución confiable y duradera que ponga fin a estas calamidades, las potencias regionales deben identificar y abordar los problemas subyacentes que favorecen el extremismo violento.

En este sentido, Estados Unidos y sus aliados tienen hoy dos opciones. Pueden seguir prestando su apoyo material y moral y animar a los autores de la guerra a intensificar sus esfuerzos belicistas, aun cuando su inefectividad ha quedado demostrada y solo trae más muerte y destrucción, complicando aún más el camino hacia una solución duradera; o tal y como ha afirmado Irán desde el primer día, estos gobiernos pueden concentrarse en ayudar a forjar soluciones políticas inclusivas con la participación de todos los grupos involucrados.

En 1990, cuando yo era un joven diplomático fui testigo de cómo, después de la decisión de Saddam Hussein de invadir Kuwait y volverse en contra de sus financistas árabes, los ministros de Relaciones Exteriores de Arabia Saudita y sus aliados árabes se opusieron a la oferta de su homólogo iraní para explorar un mecanismo inclusivo para la seguridad regional. Luego de gastar miles de millones de dólares en armas y después de años de ilimitado derramamiento de sangre, hemos regresado al punto de partida. Si no rompemos este ciclo, solo estaríamos dejando esa tarea trascendental a nuestros hijos y nietos. Debemos ser la generación que aprenda de la historia en lugar de ser la condenada a repetirla.

* es ministro de Asuntos Exteriores de la República Islámica de Irán.

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