Columnistas

El arte de abdicar

Los reyes sin corona se aferran con mayor entusiasmo al poder, que unas veces obtuvieron por las botas

La Razón / Carlos Antonio Carrasco

02:30 / 17 de agosto de 2013

El 30 de abril último, la Reina Beatriz, una septuagenaria de sombrero alón, con aire de maternal abuela, desde los balcones del Palacio Real de Ámsterdam, regalando aplomo y elegancia ante los aplausos de su pueblo, dio una lección magistral de política. Después de 33 años como reina de los Países Bajos, con mano firme signaba la abdicación de su soberano poder en favor de su hijo, el príncipe Guillermo-Alejandro, casado con la argentina Máxima Zorreguieta. quien devenía, a su turno, reina de los holandeses.

Ese episodio que, aparentemente, correspondería más a la crónica social, se convierte en el emblema de un cambio reclamado por las jóvenes generaciones, no sólo en los estrados monárquicos, sino en todas las capitales sumidas al mandato de tercos dirigentes que, rodeados por obsequiosos heraldos, creen sinceramente que son imprescindibles y hasta sospechan que su propia mortalidad es ajena y lejana.

Entre las realezas europeas se murmura que el Príncipe de Asturias podría relevar a su padre, Juan Carlos de Borbón, cazador de elefantes,  quien, agobiado por escándalos de alcoba, comparte además el calvario que atraviesa su hija Cristina, indiciada en los fraudes que le reprocha la Justicia a su marido. En Londres, la longevidad de su Graciosa Majestad abruma a los súbditos británicos, pero consuela a los fotógrafos que, en caso de abdicación, podrían apuntar sus lentes al hípico rostro de la impopular consorte de Charles, Camila, por haber sustituido a Diana, la idolatrada princesa del pueblo.

Pero, dejando de lado los cuentos de hadas, notamos que los reyes sin corona se aferran con mayor entusiasmo al poder, que unas veces obtuvieron por las botas; y otras, por los votos. En África, en una veintena de países rigen presidentes elegidos y reelegidos ad infinitum, calculándose que sus mandatos tienen un promedio de 30 años. El ejemplo más repelente es Guinea Ecuatorial, excolonia  española, rica en petróleo, que ha permitido a Teodoro Obiang, su amo constitucional, al cabo de 33 años ininterrumpidos, acumular una fortuna estimada en  4 mil millones de dólares, oculta en paraísos fiscales, con una parte visible en sus palacetes de París, Londres, Nueva York y Beverly Hills. A sus 71 años aún duda que (el actual) sea su último periodo. Sin embargo, su hijo Teodorito ya se prepara para sustituirlo. En Gabón, Congo y otros Estados se suceden dinastías democráticamente electas  a falta de una primavera árabe que expulse violentamente a sus sátrapas, como ocurrió en  Túnez, Egipto y Libia, donde gobernaban, sin escrúpulo alguno, ancianos aferrados al poder.

En el agitado vecindario latinoamericano, Fidel Castro, legendario comandante de la Revolución Cubana, luego de medio siglo cedió el cetro a su hermano Raúl; y recientemente Hugo Chávez, en Venezuela, abdicó la presidencia, casi in articulo mortis, en beneficio de Nicolás Maduro, ratificado en controvertida elección.

Excepción a la regla es el ejemplo que dio al mundo Nelson Mandela, quien luego de 27 años de prisión en Rhode Island fue ungido, en 1994, para un periodo de cuatro años como primer presidente negro de Sudáfrica. Cumplida su gestión, con el Premio Nobel de la Paz bajo el brazo, se retiró a la vida privada, desde donde se ha convertido en el guía espiritual de la nación africana. A sus 95 años, venerado universalmente, respetado por negros y blancos por igual, quien nunca aprovechó la gula del poder tampoco es señalado por ningún dedo acusador debido a su transparente honestidad. Una leyenda viviente que conoció a tiempo el elegante arte de abdicar.

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