Columnistas

El arte de la pusilanimidad

‘Mejor pocos truenos en la boca  y más rayos en la mano’ (Proverbio apache)

La Razón (Edición Impresa) / José rafael vilar

00:00 / 25 de noviembre de 2014

La Real Academia Española define a una persona pusilánime como “falto de ánimo y valor (...) para intentar cosas grandes”. Una actitud perniciosa para un gobernante, porque sus indecisiones tendrán malas consecuencias para sus gobernados.

Existen dos tipos de pusilánimes: el que actúa impelido y el que deja la solución al tiempo. Ejemplo del primero, el presidente Barack Obama; del segundo, Mariano Rajoy Brey, presidente del Gobierno de España; y de ambos, el presidente mexicano, Enrique Peña Nieto (en otros artículos comenté que a la presidenta de Brasil, Dilma Rousseff, le era muy difícil asumir decisiones imperiosas, pero no la incluyo en la lista anterior porque no actúa por pusilanimidad, sino porque hacerlo sería el suicidio político para su partido y el legal de muchos de sus líderes).

Los éxitos de Obama (recuperación moderada de la crisis económica, reforma de salud, entre otros) son opacados por la demora en medidas prometidas, como la reforma migratoria, que si bien era difícil de conciliar con la Cámara de Representantes (diputados), dominada entonces por el Tea Party, ejecutivamente pudo avanzar mucho antes, como lo acaba de hacer. Ahora, con un Congreso donde su partido no consiguió mayoría en Representantes y perdió el Senado, la batalla del presidente norteamericano será impedir la derogación del Obamacare y lo avanzado (aún insuficiente) de la reforma migratoria. Lo paradójico es que si la oposición republicana tiene éxito contra estas medidas, perderá el voto hispano y pobre, lo que facilitará el camino a la Casa Blanca de un candidato demócrata fuerte.

El Partido Popular (PP) español con Rajoy Brey a la cabeza heredó un país en grave crisis, negada por la anterior administración enferma de inmovilismo, pero sus reformas económicas (asaz justificadas por la desastrosa situación económica) pecaron de verticalidad y falta de consenso, apoyadas en su amplia mayoría parlamentaria, pero nada más. La explosión de grave corrupción dentro (o silenciada) del PP, el inmovilismo frente al problema catalán (que puede degenerar en la convulsión de todos los nacionalismos latentes y en una crisis profunda del Estado español), y la inopia ante la solicitud de reformas estructurales, por mencionar tres asuntos muy graves, han conllevado la pérdida de credibilidad en el Ejecutivo y reforzado más la crisis del sistema de partidos vigente desde la Transición.

La crisis de México mezcla decisiones trascendentales con el síndrome del avestruz. Un inicio augurioso de Peña Nieto con reformas fundamentales consensuadas ilusionaron que era un nuevo PRI el que gobernaba; pero detrás se escondía (más violento) lo que le derrotó años atrás: corrupción y desgaste de la clase política. La masacre de Ayotzinapa es un capítulo más de la narcopolítica que cogobierna en contubernio con parte de esa clase política. La casi inmovilidad presidencial durante las primeras semanas y, después, su viaje al exterior demuestran este mix de “dejar a ver si todo se arregla” con el “aquí no pasa nada” (y, peor, con el alud de la Casa Blanca). 

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