Columnistas

El arte de titular

Ahora, en medio de una cultura literaria cansada, titular ha devenido en un ejercicio de impaciencia

La Razón / Wálter I. Vargas

00:30 / 26 de enero de 2013

Hay dos problemas que enfrenta a veces un columnista en apuros, como su servidor en la circunstancia de escribir este texto, uno mayor y otro menor. El primero es no tener tema; y el segundo, no saber cómo titular. Hablemos de este último, y así,  al hacerlo, soluciono el primero.

Una manera desesperada de titular es la que acabo de mostrar, al usar esa preposición antepuesta al tema. Noble forma practicada por Cicerón y otros antiguos, ha sido transformada por periodistas y columnistas inermes a condición de panacea para terminar el trabajo de una vez e irse a casa. Por ejemplo, De plumas y lentejuelas; De amores y desengaños. Pero peores cosas hacen los periodistas, así que no me meto con ellos y me concentro en la literatura.

En tiempos pretelevisivos, titular Aventuras de… o Los misterios de… una novela o un cuento era sin duda aceptable. Pero ahora, en medio de una cultura literaria cansada, titular ha devenido en un ejercicio de impaciencia. Hacer una variación nietzscheana como Así comía Zaratustra (Woody Allen), es sin duda un feliz experimento, porque hace reír. Pero otros títulos ya son dudosamente provocativos por su deliberación. Tal es el caso de Retrato de un artista de mierda, de Philip Dick, o Bajo el culo del sapo, de un tal Tibor Fischer, o Putita linda, del colombiano Fernando Vallejo, libros todos que no pienso leer, faltaba más. Otros, como dijo alguien, le hacen pensar a uno que está definitivamente borracho y que es hora de ir a dormir, como El significado del significado, de los lingüistas Ogden y Richards (sí, me he salido un ratito del ámbito de la literatura, pero no importa). A todos los supera en gracia

Molestias de la equitación cuando también la cabalgadura es humana. Pero debo confesar que a éste yo lo he convertido en título, afanado en buscar ejemplos de títulos divertidos. A alguien le ha parecido una alusión a la cópula, pero a mí, más casto, me ha evocado épocas prerrevolucionarias, cuando los campesinos eran usados por los oligarcas como vehículos para cruzar un río. En realidad es, según la noticia de Borges (Los traductores de las mil y una noches), una nota del volumen 6 de las obras de Richard Burton, precisamente uno de los traductores de la mencionada obra. Variopinto, entretenido y, si se me apura, interminable es el menester de poner un título. Algunos títulos se descubren demasiado afanados en sorprender o llamar la atención, como

Los muertos están cada día más indóciles, o Prohibido ser feliz, de dos conocidos novelistas nacionales. Otros hacen todo lo contrario, parecen no querer decir nada. A menudo se reducen meramente a remitir al nombre del protagonista (Madame Bovary”, Lord Jim, El gran Gatsby). Quizá es porque, cuando un novelista está más o menos seguro de que lo que ha escrito tiene valor, no se preocupa tanto de la vistosidad del título.

También la moda y la época parecen influir en la forma de titular. Desde que Sarduy publicó De dónde son los cantantes, menudearon las guarachas, los cha cha chas y los boleros en algunos títulos de novelas. Entre nos, Gonzalo Lema solucionó el problema de esa manera más de una vez (Me duele la vida sin vos, Contra nadie en la batalla). Faulkner confiaba en que una cita de Shakespeare (El ruido y la furia) o aludir a la Biblia (Absalón, Absalón) siempre podía proporcionarle un título memorable a sus memorables novelas y sacarlo del brete. Pero Javier Marías ha resultado corregido y aumentado, porque no ha tenido empacho en usar dos veces el mismo tramo de La tragedia de Ricardo III en dos obras (Cuando fui mortal y Mañana en la batalla piensa en mí)

Los poetas son un venero inagotable para poner títulos, y la conocida anécdota que cuenta la poetisa peruana Blanca Varela puede dar una idea de su genio y habilidad al respecto. A Octavio Paz no le gustaba el título del poemario de Blanca (Puerto Supe, o algo así de preocupante), y la charla continuó de esta manera: Blanca: “Pero es que ese puerto existe, Octavio”; Octavio: “Ahí está, ya tienes el título, ‘ese puerto existe’”. Hermoso título, sin duda.

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