Columnistas

De asesores y ‘votantes populistas’

La incomprensión real del país es un legado colonial que no han podido superar algunos intelectuales

La Razón (Edición Impresa) / Yuri F. Tórrez

02:19 / 23 de septiembre de 2014

Me lo temía. Sabía (no me pregunten por qué) que Samuel Doria Medina, con su sueño obsesivo presidencial a cuestas y con un carisma de caricatura, no era el único culpable de una campaña patética desde sus inicios. Cuando leí el artículo Radiografía del votante populista (Página Siete 20.08.2014) del principal asesor de campaña de Unidad Demócrata (UD), Ricardo Paz, comprendí otras razones más estructurales.

El artículo de Paz es pedagógico por muchas razones. Sirve para comprender la miopía de algunos políticos opositores para entender a un votante que paradójicamente se lo intenta seducir. También es útil para entender el declive en la intención de voto en favor del candidato presidencial de UD y por qué recurrentemente el marketing político ha fracasado en Bolivia. Además —lo más grave a mi juicio— sirve para comprender la persistencia de un colonialismo interno en varios intelectuales conservadores. Con estas advertencias es recomendable leer el artículo aludido.

Posiblemente con base en un estudio “científico”, Paz estigmatizó negativamente al votante de las laderas y de las zonas periurbanas de las ciudades bolivianas. Según su radiografía, el “votante populista” es mayoritariamente de sexo femenino; joven; no lee libros ni periódicos, es adicto a la televisión, por lo menos una vez a la semana se emborracha y soporta o propina “golpizas intrafamiliares”; además es mestizo de la “clase morena” y pobre. No me extrañaría que tantas palabras “ilustradas” provoquen una perplejidad inopinada, incluso que hagan que Don Alcides Arguedas se levante de su tumba con una sonrisa para afirmar: “Así se escribe, Ricardito”.

Paz lo ha dicho con todas sus palabras: “El votante populista no elige a una persona igualmente limitada o con fuertes carencias, como él, sino más bien a alguien exitoso y que, en lo posible, represente una imagen realizable de sus aspiraciones”. Sigmund Freud también estaría contento.

Empero, las explicaciones no son simples para el caso boliviano. Es a la inversa. Un sociólogo cochabambino diría: “Un líder puede ser un ‘nosotros’, puesto que todos nosotros somos el espejo donde él se refleja”. Y, por lo tanto, hay una (auto)identificación y no una proyección. Aquí está el meollo de la cuestión. Esta vuelta de la tuerca nos permite explicar las razones del recurrente fracaso del marketing político en Bolivia, que se asienta en una mirada de corto alcance para entrever sobre las verdaderas mediaciones culturales, políticas e incluso históricas que intervienen en la definición del voto. Al parecer,  la incomprensión del verdadero país es un legado colonial que no han podido superar algunos intelectuales letrados bolivianos. El asesor de UD es un ejemplo ilustrativo de esta mentalidad colonial, incluso escribió sin ningún aspaviento: “los votantes populistas tienen un pragmatismo notable y una conducta gregaria muy inclinada a preferir las opciones viables y con la posibilidad cierta de llegar al poder”. Más claro, agua.

Hilando fino discursivamente, Paz  acude al “populismo”, categoría que se puso en boga en los intelectuales conservadores para descalificar y estigmatizar a los gobiernos progresistas latinoamericanos insertos en lo que se conoce como el giro a la izquierda, como si fuera un efecto dominó, cuyos votantes son considerados como una “masa casi ignorante”. Esta visión se refleja, por ejemplo, en la radiografía sociológica de Paz sobre el “votante populista” boliviano que estaría en busca de su “mesías político”. En fin, don Samuel, usted tiene la culpa por invitarle tantas hamburguesas a su asesor.

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