Columnistas

‘Los astrónomos están dormidos’

La Razón (Edición Impresa) / Tribuna - Juan Villoro

00:00 / 22 de mayo de 2016

En el desierto de Atacama el poeta Raúl Zurita escribió con una excavadora un mensaje de tres kilómetros que no ha sido erosionado por el viento: “Ni pena ni miedo”. Un llamado a resistir en un paisaje de actividades extremas: la minería, la observación de los astros y la desaparición de cuerpos.

Desde el espacio exterior, la Tierra es una burbuja azul con una mancha arenosa: el desierto chileno. Estuve ahí para visitar el observatorio de Paranal, fundado por países europeos.  Las arenas evocan las rojas vastedades de Marte. A casi 3.000 metros de altura, las nubes son contenidas por la cordillera y el aire seco permite ver estrellas sin veladuras. Ahí, los telescopios registran destellos que provienen de hace 27.000 años luz, por mencionar una cifra escalofriante. No captan el presente del cosmos, sino su pasado: luz fósil.

La ascensión provoca un suave mareo; luego sobreviene la inquietud de estar en un sitio rigurosamente aparte, una estación interplanetaria o un set de ciencia ficción. En ese entorno que desafía la norma todo cumple un fin pragmático. Para visitar los telescopios hay que usar casco. En un cuento infantil, eso serviría para protegerse de una estrella fugaz; en la austera realidad, nos protegía de la caída de una tuerca.

Era de día y el gran protagonista —el cielo nocturno— estaba ausente. Y faltaba otra cosa: el componente humano. El paisaje resultaba tan ajeno como la elaborada ferretería de los telescopios. Se comprende la grandeza de un espejo de 8,2 metros de diámetro que capta objetos con una agudeza 4.000 millones de veces superior a la de alguien con buena vista, pero difícilmente establecemos un contacto emocional con tan desmesurado aparato o solo lo establecemos a través de la superstición, pensando que romper ese espejo traería siete años luz de mala suerte.

La información registrada por los telescopios tampoco dice mucho al visitante lego. En las computadoras no vibran vistosas supernovas ni cinturones de asteroides, sino gráficas y cifras inexpugnables.

En su espléndido documental Nostalgia de la luz, Patricio Guzmán encontró un sobrecogedor vínculo con lo humano en Atacama. Luego de alzar los ojos, los desvió a la tierra, donde están los huesos de numerosos desaparecidos durante la dictadura de Pinochet. Diseñado para descifrar misterios como la nube de gas que se dirige al hoyo negro en el centro de la Vía Láctea, el observatorio brinda otras lecciones. Guzmán reparó en la ambivalencia de una especie que comprende lo lejano y aniquila lo próximo.

Ante los enigmas de la razón, la literatura busca explicaciones emocionales. Escribe Octavio Paz: “El habla es un conjunto de seres vivos, movidos por ritmos semejantes a los que rigen a los astros y las plantas. La creencia en el poder de las palabras proclama el triunfo del pensamiento analógico frente al racional. La operación poética no es diversa del conjuro, el hechizo y otros procedimientos de la magia”.

Después de visitar los telescopios pasamos al hotel donde viven los astrónomos, enclavado en una roca. Bajo un tragaluz, crecen palmeras: un oasis con piscina, salas de juego, mecedoras. De una pared cuelga la foto de otro tipo de estrella, Daniel Craig, que en su calidad de James Bond filmó ahí Quantum of Solace.

En una mesa había ejemplares de El Mercurio y Der Spiegel. Pero nadie los leía; todo estaba desierto. “Los astrónomos están dormidos”, explicó nuestro guía, como si se refiriera a los hábitos de otra especie. Vimos las señales de “No molestar” en sus puertas y todo cobró otra dimensión. Aislados de los suyos, los científicos soñaban en 20 idiomas. Quienes no entendemos la silenciosa deriva de los astros, podemos emocionarnos con la noche a deshoras de quienes buscan descifrarla.

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