Columnistas

Al-Azar o la metáfora de la (auto)censura

Ningún momento político es bueno para la libertad de prensa.

La Razón (Edición Impresa) / Yuri Tórrez

00:25 / 10 de diciembre de 2019

Si se asume a la política como la disputa por el poder, entonces, ningún momento político es bueno para la libertad de prensa. Particularmente, aquellos que preceden de una alta conflictividad, que desemboca en salidas autoritarias con el objetivo de restablecer el orden. Estas disquisiciones son insoslayables para comprender la sistemática cruzada de amedrentamiento sufrida por los medios de comunicación y sus periodistas en el curso del gobierno golpista de Jeanine Áñez.

A esta aura inquisitoria gubernamental se adicionan actitudes intransigentes y racistas en determinados sectores urbanos. Aquí se halla las razones para que el caricaturista Alejandro Salazar, el entrañable Al-Zar, haya decidido hacer una pausa en sus viñetas políticas hasta un contexto “más tolerante y menos agresivo”. Se trata de un hecho combinado entre censura, inclusive con reproches de sus propios compañeros de trabajo, y autocensura que, como diría Luis Espinal, “corrompe y crea colaboracionista”. O sea, es parte de un sistemático hostigamiento a la libertad de prensa.

Los operativos de represión militar/policial para apaciguar la protesta popular en rechazo al quiebre constitucional derivaron en una treintena de muertos, todos varones de escasos recursos del área urbana y campesinos. Así se estructuró un “cerco mediático” para construir una narrativa estatal que invisibilice y amortigüe estas masacres. Este asedio no solo fue contra la libertad de expresión, sino también una afrenta al derecho a la información. Aquí se explica la indignación de los movilizados, las cuales fueron dirigidas también a los periodistas acusados de ser “vendidos” al gobierno de Áñez.

Esta masacre contra los pobres y campesinos evidencia una lógica que se enclava en una matriz autoritaria, consiste, en lo fáctico, en reprimir las movilizaciones de los pobres, y en lo simbólico, en criminalizar estas protestas populares. Para este último propósito se apela a un conjunto de amenazas orientadas a silenciar a los medios de comunicación opositores y tildarlos como “sediciosos”. Así se disciplinó a los medios de comunicación nacionales. Mientras que a los medios “extranjeros ominosos” a la postura política gubernamental se los hace “desaparecer” de la grilla de varias empresas de cable.

El eco de estas censuras abiertas o camufladas gubernamentales solo es un reflejo de la agresividad de sectores de la sociedad que, envueltos en una exaltación irracional, no dan cabida a la disidencia política e ideológica. Tal despliegue de amedrentamiento se tradujo en violencia física, con el afán de someter a los periodistas al modo de pensar que profesan estos grupos violentos e intolerantes. La decisión de Al-Azar de dejar de hacer temporalmente viñetas políticas es una metáfora de este periodo marcado por la censura y su correlato: la autocensura. Es un síntoma de un proceso de condena in extremis al periodismo no solo desde las esferas gubernamentales, sino que además se visibiliza descarnadamente en actos agresivos en el mismo seno de la sociedad urbana boliviana.

Se trata, pues, de un periodo oscurantista de corte orwelliano que Al-Azar ilustró magistralmente en sus últimas viñetas políticas. No solo es la configuración de una sociedad disciplinada, sino también de un periodismo reprimido. Aquí estriba su efecto perverso: el periodismo va dejando su espíritu de crítica a un dios (o diosa) desnudo y borracho por el poder.

* Sociólogo.

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