Columnistas

El autoritarismo se tambalea

Este ‘reino del absurdo’, del sofisma y de la marrullería populista ha cansado al pueblo

La Razón / José Gramunt de Moragas

00:44 / 11 de julio de 2012

El gran profesor de Ciencias Políticas de la Sorbona Georges Bourdeau explicaba que “el fundamento del autoritarismo no está (como una observación superficial lo haría creer) en la virtud de tal o cual personalidad, ni en la fuerza material que, por un instante, llega a imponerse en beneficio de su ambición, sino que más bien reside en el renunciamiento de los gobernados, en su impotencia para soportar el peso de la libertad”. “El autoritarismo —prosigue— es también una filosofía de la decepción: lo cual es mucho más probable cuando se produce el desmoronamiento de las instituciones, la incoherencia de las políticas, la injusticia social parecen instalar a la sociedad el reino del absurdo”.

Entonces la pregunta es si es cierto que la sociedad civil ha perdido vocación de libertad. Sin pretender alentar las corrientes antigobierno, hay que reconocer que “los gobernados” no ha renunciado a asumir el peso de su propia liberad frente al poder absoluto. Una de las respuestas de esta vocación la estamos comprobando en la valentía de los marchistas del TIPNIS. Los autócratas locales son ejemplo de la escandalosa incongruencia de la palabra y los hechos. Juran amor eterno a la Pachamama, y al mismo tiempo le son infieles con “la otra” más atractiva que es la cuestionada carretera. Y que, cuando el autócrata decidió la construcción de ese camino “sí o sí”, los otros le repliquen “no”. La cuestión del TIPNIS saca de quicio a las cabezas del autoritarismo. No pueden admitir que unos míseros campesinos de tierras bajas, a los que decían sacar del abandono milenario, ahora les planten cara con un vigor inusitado.

Esos gobernados sí que están “decepcionados del desmoronamiento de las instituciones” del Estado. Decepcionados del Órgano Ejecutivo, precisamente por su absolutismo persecutorio y estrangulador de las libertades ciudadanas; del Legislativo, por ser la mano alzada a las órdenes de gran jefe; del Órgano Judicial por lo mismo, es decir, la supeditación al diktat del jefe y por el acoso y derribo (permítanme el abuso de estos términos tauromáquicos) de cualquier detractor o disidente. Decepcionados de la cooptación del Ejército y de la corrupción de la Policía. Mirando a un próximo futuro, son pocos los que confían en la imparcialidad aritmética del poder electoral.

El anhelo de libertad de los gobernados se expresa todos los días en la prensa independiente. Y aún cuando ésta se cuida de no provocar la persecución descarada, todavía es la expresión legítima del agotamiento del sistema. Este “reino del absurdo”, del sofisma y de la marrullería populista ha cansado al pueblo, que no es tonto. Los gobernados han perdido el respeto a los autócratas.

Por último, el propio sistema ha    creado una suerte de bestia negra encargada de ir descubriendo los graves hechos de corrupción de varios altos dignatarios del Estado: hasta que la burbuja termine por estallar. Las dos últimas burbujas que acaban de reventar son las denuncias de la publicación brasileña Veja, y los recién descubiertos casos de corrupción en YPFB.

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