Columnistas

Una biblioteca para Palmasola

Era la primera vez que alguien se acordaba de llevarles libros para crear una biblioteca en Palmasola.

La Razón (Edición Impresa) / Homero Carvalho Oliva

02:47 / 12 de febrero de 2015

Hace unas semanas, tuve una experiencia conmovedora y gratificante. Resulta que una jovencita privada de libertad me escribió por el Facebook solicitándome que donara libros para el centro de rehabilitación de mujeres Palmasola y, pese a que me había prometido a mí mismo que este año ya no organizaría donaciones, decidí hacerlo, porque sentí que se trataba de una necesidad muy especial.

El año pasado donamos muchos libros de nuestra biblioteca familiar y ya no me quedan muchos. Sin embargo, cuando se quiere, se puede, y logramos reunir algunas cajas; y como la Providencia siempre está atenta en las buenas empresas, se presentó Pilar Castedo, una amiga de mi esposa (Carmen Sandóval), y nos entregó la biblioteca de su fallecido padre. Coordiné la donación con la jovencita y el día convenido nos dirigimos al penal con nuestra preciosa carga. Bajo el desmedido sol cruceño, esperamos varias horas para ingresar; pero no nos molestamos porque sabíamos que las mujeres de adentro llevan años esperando ser liberadas. Por fin, nos dieron el permiso para ingresar y una señora metió las cajas en su “móvil”, una carreta tirada por ella a quien ayudé a empujar porque realmente estaba pesada. Los libros pesan, ni duda cabe. Pasamos varios controles y al llegar al pabellón de mujeres se nos acercaron un par de policías curiosas por saber qué había en las cajas.

Lo primero que revisaron fueron unas cajas de cerveza, y al cerciorarse que estaban llenas de libros, novelas, poemas, cuentos, enciclopedias, diccionarios y revistas, una de las oficiales comentó bromeando: “son libros, para embriagarse con el conocimiento y el saber” y eso desató la euforia y se agolparon todas las policías a mirar las obras. Una de ellas me preguntó por una buena novela, abrí la caja que tenía a la mano y apareció El nombre de la rosa, de Umberto Eco y se la entregué.

Una vez adentro, nos esperaban tres internas, sonrientes y bellas; la jovencita de la iniciativa, con cara de sorprendida,  comentó que pensó que solamente se trataba de una cajita con unos diez libros, y luego nos ayudaron a descargar las cajas. Las abrieron, se maravillaron con el contendido y nos agradecieron efusiva y sinceramente. El año pasado realicé donaciones a muchas bibliotecas y he creado y organizado otras, pero nunca me había sentido tan bien en mi vida, como cuando nos dijeron que era la primera vez que alguien se acordaba de llevarles libros para crear una biblioteca. Nos hicieron saber que se sentían queridas, y nosotros les respondimos que lo hicimos por amor, porque sin conocerlas, las queríamos. Una de ellas afirmó que esos libros las ayudarían a fortalecer su espíritu y a pensar en el día de su liberación. Recuerdo a una anciana, me tomó del brazo y feliz me contó que salía libre en dos días y me confesó que quería viajar, volar, irse lejos. ¿Tiene un libro de viajes? Entonces abrí una de las cajas y allí estaba una enciclopedia con el continente europeo, se la di, tomó el libro, lo hojeó y dijo, —Es allí donde quiero ir. Tengo una sonrisa de satisfacción que, venga lo que venga, me durará todo el año.  

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