Columnistas

Las bibliotecas

Una biblioteca no solo es el rincón del libro, sino también el lugar cuyo entorno colabora al disfrute de la lectura.

La Razón (Edición Impresa) / Patricia Vargas

00:04 / 26 de octubre de 2017

No todos se interesan en visitar  bibliotecas, las cuales sin duda ofrecen el disfrute de la cultura y el desarrollo del conocimiento; e incluso no faltan quienes opinan que ya pasó su vigencia porque existen los libros digitales. Lo más preocupante de aquello es que son los más jóvenes quienes emiten opiniones y duras aseveraciones sobre la pronta desaparición de las bibliotecas en las ciudades. Esto porque posiblemente nunca fueron motivados a leer algún libro o entender su importancia para la cultura general y para la comprensión de la vida.

Según algunos escritos, el primer texto que llegó a estas tierras fue el devocionario, conocido como el Libro de horas (Cagliani). Los colonizadores que lo trajeron, además de instalar las primeras bibliotecas, cultivaron la lengua quechua para llevarla a la imprenta. Posteriormente se fueron conformando las bibliotecas privadas y, aunque sea difícil de creer, para el siglo XVII ya existían en Potosí 38 bibliotecas familiares, y la principal habría pertenecido a la familia Ibarren.

Lo significante es que ese pequeño detalle colaboró en la concienciación de los nacidos en estas tierras, ya que se fueron conformando las bibliotecas patriotas y, como es lógico, comenzó a florecer el deseo de independencia. Otros escritos señalan que fue Andrés de Santa Cruz y Calahumana quien abrió la primera librería en La Paz.

Actualmente, la ciudad sede de gobierno cuenta con importantes bibliotecas. Un ejemplo de ello es la de la Casa de la Cultura, la cual ha ido creciendo con donaciones, como fue el caso de la biblioteca de Doña Yolanda Bedregal de Conitzer; o la adquisición de reliquias históricas paceñas como la documentación de don Gastón Velasco y la biblioteca de Arturo Costa de la Torre, cuya infraestructura actualmente lleva su nombre, gracias a las gestiones realizadas en la administración de Juan del Granado.

Resulta interesante ver cómo la biblioteca del ayer no solo ha ido creciendo, sino también organizándose, y hoy pareciera estar mejor codificada.

Lo paradójico es que en una ocasión los fondos para la ejecución de trabajos de aire acondicionado en un sótano y en otros espacios destinados a organizar una biblioteca se lograron gracias a la donación de una extranjera amante de esta urbe.

Este detalle, que es para aplaudir, nos debiera inspirar a pensar en construir bibliotecas barriales, seguramente de dimensiones moderadas, pero que atraigan a los jóvenes a conocer imaginariamente otros mundos y enterarse sobre su cultura en la “voz” de historiadores o pensadores que les hablan desde los libros. Asimismo, sería ideal que esas bibliotecas empiecen a manejar la tecnología de los libros digitales, cuyo resultado sea una buena selección de materiales en formato PDF.

Actualmente, en otros países las grandes bibliotecas están siempre llenas de lectores. Esto porque su preocupación por remodelarlas es permanente, debido a que se tiene el convencimiento de que la forma de invitar al lector a interesarse en visitarlas debe evolucionar. De ahí que hoy el impacto formal y funcional de los proyectos arquitectónicos de nuevas bibliotecas es una realidad. Con ello, obviamente, la biblioteca de carácter casi sagrado del ayer va quedando atrás. Ahora, si bien se mantiene el respeto al silencio para el lector o investigador, se ofrece nuevos espacios que confirman el concepto de que una biblioteca no solo es el rincón del libro, sino también el lugar cuyo entorno colabora al disfrute de la lectura.

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