Columnistas

De blindajes e informales

La estructura de nuestras exportaciones no ha cambiado, aún dependemos del atávico extractivismo.

La Razón (Edición Impresa) / Dionisio J. Garzón M.

00:55 / 28 de octubre de 2016

Resulta interesante analizar los esfuerzos de las autoridades para minimizar los efectos de la caída de los precios de los commodities en el mercado internacional y los esfuerzos de los opositores al régimen para maximizar tales impactos. Ambos en el banal intento de llevar agua a su molino con miras a captar adhesiones en tiempos difíciles y proyectarse a la pugna de poder de 2019.

Lo cierto es que el fenómeno de precios ha impactado de manera clara en nuestra economía y ya no se habla de “colchones económicos” ni de blindajes, tan mentados en años precedentes. Un parámetro al que acudo para analizar esta situación es la generación de divisas por ventas al exterior, un parámetro que indica cómo están los negocios en el país. Hasta agosto de la gestión actual y en relación a similar periodo de 2015 (INE, RES 2016_40) el valor total de las exportaciones se redujo en 22,8%; la caída de los sectores claves de hidrocarburos y minería fue de 49,8% y 1,5%, respectivamente; la agricultura y ganadería, 2%. Mientras que las manufacturas se incrementaron en 3,9% gracias al impulso de cinco rubros: las ventas de soya y de productos de soya crecieron en 11,8%; oro metálico, 6,1%; estaño metálico, 6%; plata metálica, 14,8%; y joyería de oro, 31,4%.

Se ha vuelto a poner en el tapete de las buenas noticias el vilipendiado extractivismo y la manufactura de soya y metales como el elixir que evitó una mayor caída del valor de las exportaciones. Los cuatro metales antes mencionados aportan cerca del 48% del valor del rubro de manufacturas y el 18% del valor total de las exportaciones hasta agosto de 2016. Solo el oro (metálico y en joyas) aporta más del 12%.

Cuando se revisan estos números, la parafernalia de anuncios de diversificación e industrialización tiende a desvanecerse. La estructura de nuestras ventas al exterior no ha cambiado substancialmente; aún dependemos del atávico extractivismo en un porcentaje importante de la extracción beneficio, manufactura y comercialización del oro, metal que todos sabemos está controlado en toda la cadena por operadores informales.

Como en el caso de la minería, pareciera que el único blindaje que funciona es la informalidad. Cuando uno sale a la calle y ve las vías con miles de vendedores informales, con congestionamiento vehicular producto de la invasión de autos chutos y de los otros, los mercados abarrotados con productos extranjeros y los nuevos edificios creciendo como hongos en todos los barrios, da la sensación de que ese es el mecanismo que genera el mercado interno creciente al que tanto se refieren como el paradigma del crecimiento económico. La informalidad en casi todos los niveles del quehacer nacional, los empleos temporales, los pequeños negocios pasajeros y de época según la demanda de productos en la calle y en el hogar son los mecanismos a los que la gente acude para sobrevivir el día a día. La circulación del dinero (sin importar su origen) en este atípico sistema pareciera ser el blindaje informal que mantiene gran parte de nuestra economía.

La informalidad no es mala en sí misma si el fin es ocupar a los miles de trabajadores que de otra manera engrosarían el ejército de desocupados. Lo malo es descuidar en ese intento el crecimiento del empleo formal que solo se genera con inversión, seguridad jurídica y buenos proyectos. Estos últimos son tan pocos y están tan lejos de concretarse que lo menos que podemos hacer es meditar sobre lo que estamos haciendo como generación. Las oportunidades no se repiten con frecuencia y ya hemos desperdiciado una década donde el flujo de dinero tapó los huecos del modelo actual y enmascaró una realidad que ahora nos empieza a golpear. Siempre se puede reaccionar, pero mientras más rápido lo hagamos, será mucho mejor.

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