Columnistas

Otra bomba: la avalancha migratoria

La Razón (Edición Impresa) / Carlos Antonio Carrasco

00:41 / 26 de agosto de 2017

Durante la temporada estival, las aguas del Mediterráneo se tornan más tranquilas, para solaz de los vacacionistas y ventaja de los miles de africanos que aspiran a instalarse en Europa. Esas corrientes humanas imparables son ya familiares en la costa; sin embargo, hace pocos días la playa española Zahara de los Atunes fue el escenario inédito de un fenómeno que preocupa grandemente a gobiernos y a la población en general.

Ocurrió que los turistas ávidos de los rayos solares y distraídos en el dolce farniente fueron súbitamente interrumpidos por una pequeña balsa cargada de una veintena de famélicos humanos que saltaron a las blancas arenas, atropellando sombrillas y toallas multicolores para perderse raudamente en los alrededores, antes que las fuerzas policiales pudiesen reaccionar. No se trataba de terroristas ni de yihadistas del Estado Islámico, eran seres desesperados que, empujados por la desocupación y el hambre imperante en el África subsahariana, arriesgaron sus vidas en días y noches de travesía incierta para arribar a un paraíso imaginario. Resulta inútil argüir que huían de regímenes opresivos o de persecuciones de carácter étnico o religioso. Son emigrantes económicos que buscan pan, techo y empleo.

Mientras el debate sobre la incontrolable inmigración enciende las posiciones en pro y en contra de la absorción de los infortunados, en los foros políticos —a veces— se amalgama la tendencia que asocia este fenómeno social con el incremento del terrorismo y la criminalidad; aparecen bandas organizadas de traficantes que acumulan cuantiosas fortunas cobrando por el alquiler de botes clandestinos, guías personales por pases fronterizos y contactos en los puntos de destino. Asoman también organizaciones no-gubernamentales que, invocando caridad humanitaria, recogen donaciones que incluso sirven para arrendar naves que literalmente pescan de las aguas decenas de migrantes en peligro de ahogarse y los conducen a las riveras soñadas. Recientemente, quienes son contrarios a recibir demandantes de asilo han obtenido financiamiento para alquilar el gran barco “C-Star” que, bajo bandera alemana, patrulla el Mediterráneo para interferir la navegación de balsas con migrantes a bordo. No ocultan su propósito y empujan a esas embarcaciones a dar marcha atrás y a retornar a sus puertos de origen.

En verdad Europa, que ha soportado ese flujo humano desde hace muchos años, no está preparada para afrontar la intensidad del desafío. La crisis actual no incluye el millón de refugiados que llegaron en 2015, tanto de Medio Oriente como del norte africano. Ello se debe al acuerdo de la Unión Europea con Turquía que, mediante una substancial suma, se constituyó en el dique que impidió la procesión hasta Europa de al menos 363.000 personas registradas. Cerradas las puertas de Grecia y España, la presión se concentró en Italia, que albergó el 85% de los 118.000 asilados provenientes de Libia (entre los que figuran somalís, etíopes, eritreos y otras nacionalidades).

Quienes desean intelectualizar el drama, dicen que a largo plazo la inmigración es un elemento estructural en la perspectiva demográfica de Europa, cuya población envejece rápidamente, frente a la población africana, que de 1.300 millones de habitantes hoy día, pasará a 2.400 millones en 2050, dato comparado a una evidente declinación de la mano de obra europea. Se afirma que una alternativa sería promover el desarrollo de África del Norte para retener a su población activa. Todas estas reflexiones me traen a la memoria la ocurrente declaración del comunista español Santiago Carrillo, quien de manera gráfica sostenía que la inmigración era inevitable porque “la miel está en el Norte y las moscas, en el Sur”; para concluir invocando la conveniencia de acarrear siquiera un poco de miel al Sud…

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