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A bordo del Transiberiano

El libro de Fernández es un aperitivo irresistible para reservar un boleto en el Transiberiano

La Razón / Carlos Antonio Carrasco

00:18 / 21 de julio de 2012

Cuando Rusia absorbió Siberia a su dominio, casi triplicó la extensión de su imperio, presumiendo que las masas enormes de hielos eternos y temporales sólo eran una reserva ecológica para prestigio geopolítico. El tiempo se encargó de justificar ese emprendimiento al descubrirse grandes yacimientos minerales e hidrocarburíferos bajo sus gélidas tierras que en más de 13 millones de km2, sólo alberga a 40 millones de habitantes.

Limitando con China y con Mongolia, por casi un siglo Siberia no era otra cosa que un predilecto confín para exiliar a quienes se oponían al rigor zarista y, más tarde, a los adversarios de la verticalidad soviética. Fue Lenin quien sentenció que “la confianza es buena pero el control es aún mejor” y, al amparo de ésa máxima, organizó campos de concentración que como el GULAG hospedaban a los herejes del marxismo, a los disidentes díscolos y a enemigos reales o figurados de la nomenclatura impuesta al abnegado pueblo ruso por los regentes de la Revolución de Octubre y sus epígonos.

Sin embargo, la historia de Siberia es más que un reservorio de indeseables, tal cual relata el escritor francés Dominique Fernández, en su reciente libro Transsibérien, donde pinta 300 páginas con anécdotas, encuentros y desventuras de una delegación gala convidada a recorrer durante ocho días los 9.288 kilómetros que separan Moscú de Vladivostok a bordo del mítico ferrocarril Transiberiano. Una primera impresión es que en ese tramo se atraviesan siete husos horarios, pues cuando se parte a las 16.50 del km 0 en la estación moscovita de Iaroslavl se llega una semana después al km 9.288 de la terminal de ese emblemático bastión ruso sobre el océano Pacífico que es Vladivostok.

La descripción de los servicios en los vagones resalta las diferencias humanas entre aquellas camas colectivas de la tercera clase donde pululan hacinados los desheredados que por motivos laborales están obligados a seguir ese camino, en odioso contraste con la comodidad que disfrutan los ociosos clientes de la primera clase. Ese diario de viaje se hace más ameno con la contabilidad detallada de las ciudades por las que pasa esa vía férrea: Nijni-Novgorod, Kazan, Ekaterimburgo, Novosibirsk, Krasnoyarsk, Irkutsk, Ulan –Uhde, Vladivostok y, por cierto, Baikal (el lago más grande del mundo). Todos esos sitios, nutridos con sendas estatuas de Lenin, van pasando raudamente por nuestra imaginación pegada a la ventanilla de ese tren misterioso. Y, como en la película de Woody Allen Media noche en París, aparecen las celebridades más notables que por una u otra razón se contaminaron con las estepas siberianas. Rasputín, el famoso hijo del lugar, poder detrás del trono zarista, parece mostrar sus barbas salvajes; el fantasma de Máximo Gorki surge apaleado siendo aún niño; Miguel Strogoff, la criatura de Julio Verne, deambula por los parajes; Vladimir Ilich Ulianov, alias Lenin, sucede a su ahorcado hermano y cual terco bolchevique captura el poder y ordena el fusilamiento de Nicolás II junto a su familia; continúa el desfile del ateneo de los muertos con Tolstoi, Dostoievsky hasta el malogrado Tchaikovsky cuyo triste final, víctima de la homofobia, rima con los acordes de su Patética. A todos ellos los une la nieve siberiana. Más adelante serán los disidentes como Andrey Shakarov, Alexandre Solzhenitsin o la sombra del eximio bailarín Rudolf Nureyev que se proyectará en su nativa Baskiria.

Pero incidencias políticas aparte, Siberia fue y es sinónimo de poesía, de buen gusto arquitectónico reflejado en aquellas casas multicolores que resistieron los embates del constructivismo soviético y que ahora son motivo de orgullo regional. La ola de los nuevos ricos implantada por la insensata Perestroika llegó también a la Siberia del siglo XXI y el consumismo invade centros comerciales “a la occidental”, perversa incitación para que los nativos busquen ingresos non-sanctus.

Finalmente, el libro de Fernández es un aperitivo irresistible para reservar un boleto en el Transiberiano y así, constatar que Siberia además de osos corpulentos, ostenta almas cálidas surgidas de sus blancas estepas y de sus bosques de coníferas copiosas en verano y sensualmente desnudas en invierno.

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