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Los bosques ayudan a saciar la sed urbana

Los vínculos entre los bosques, el agua y el bienestar humano son numerosos, y no pueden ser ignorados

La Razón (Edición Impresa) / René Castro Salazar

00:48 / 24 de marzo de 2016

La próxima vez que abra el grifo para llenar la cafetera de agua, recuerde que un bosque lo ha hecho posible. Puede ser que esté a 100 kilómetros de distancia o más de donde está sentado, pero lo más probable es que le debe su taza de café, al menos en parte, a los árboles que ayudaron a capturar el agua y a filtrarla en su largo viaje hacia el consumidor.

No se debe subestimar la importancia de los bosques respecto del ciclo del agua. Los bosques ralentizan el flujo de agua, que se infiltra gradualmente a través del suelo, garantizando un suministro estable todo el año, incluso durante las estaciones más secas. Al mismo tiempo, los bosques filtran el agua que entra en nuestros ríos, lagos, arroyos y aguas subterráneas, aumentando así la calidad de este recurso vital. Una investigación elaborada en Burkina Faso demostró cómo un solo árbol puede contribuir con la recarga de las aguas subterráneas, protegiendo la evaporación del agua del suelo; esto gracias a que su sistema radicular permite que el agua de lluvia se filtre más profundamente en el suelo, suministrando agua potable limpia y sana.

El vínculo profundo y esencial entre los bosques y el agua fue el tema de este año elegido para el Día Internacional de los Bosques (21 de marzo). En la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO) ofrecemos la oportunidad de destacar la función fundamental que desempeñan los bosques en el suministro de agua de buena calidad para la creciente población mundial. Además de la salvaguardia del suministro de agua de calidad, la ordenación forestal reduce la pobreza mediante la creación de puestos de trabajo, la producción de alimentos, la prevención de incendios forestales, la protección de cuencas hidrográficas y la prestación de otros servicios, tales como la eliminación de dióxido de carbono del aire que respiramos.

En el ámbito mundial, las cuencas hidrográficas y los humedales boscosos proporcionan un considerable 75% de nuestros recursos de agua dulce. Eso puede no ser sorprendente para las zonas rurales. Pero piense en las grandes ciudades, como Bombay, Tokio, Bogotá o México, y pregúntese de dónde viene el agua. La verdad es que un tercio de las ciudades más grandes del mundo obtiene una importante cantidad de su agua potable de los bosques protegidos; y esta cifra seguirá aumentando a medida que los centros urbanos aumenten en tamaño y población. Tomemos el caso de Nueva York, una de las ciudades más densamente pobladas del planeta. Allí, dos sistemas forestales, repartidos en 2.000 millas cuadradas (5.180 kilómetros cuadrados) y situados lejos (aguas arriba de la misma ciudad), suministran agua para 9 millones de personas, distribuyendo 1.300 millones de galones (4.900 millones de litros) todos los días.

Al igual que cualquier organismo vivo, los árboles transpiran, y al hacerlo, aumentan los niveles de humedad en el aire, y en última instancia favorecen, propician la lluvia o la nieve. En promedio, el 40% de las precipitaciones sobre la tierra se origina a partir de la evapotranspiración (nombre dado a este proceso) de las plantas, incluyendo los árboles. En algunas zonas, la cifra es aún mayor. Por ejemplo, más del 70% de la pluviometría en la cuenca del Río de la Plata se origina a partir de la evapotranspiración de la selva amazónica.

Cuando se ordena de manera sostenible, los bosques también contribuyen de manera significativa a la reducción de la erosión del suelo y al riesgo de deslizamientos de tierra y avalanchas; catástrofes naturales que a su vez pueden alterar las fuentes y suministros de agua dulce. Los bosques pueden reducir los efectos de las inundaciones y prevenir y reducir la salinidad de las tierras áridas y la desertificación. Mediante el almacenamiento del agua, los árboles y los bosques pueden fortalecer la resiliencia a sequías, uno de los síntomas más negativos del cambio climático.

La señal es clara: la inversión en las políticas forestales e hídricas orientadas a la ordenación sostenible tiene un sólido sentido económico. Frente a la posibilidad de elegir entre poner en marcha una estrategia de protección de los recursos forestales o la instalación de una planta para el tratamiento de aguas para los consumidores, los encargados de la planificación de la ciudad de Nueva York se dieron cuenta rápidamente de que no había punto de comparación. El sistema artificial hubiera tenido un costo de 6 a 8 mil millones de dólares, con un incremento de 300 a 500 millones de dólares anuales en costos de operación. En cambio, el costo total para ordenar de manera sostenible dos bosques aguas arriba (de uno y otro lado) del río Hudson era inferior, menos de 1.500 millones de dólares.

Otro ejemplo significativo del valor económico de los bosques como proveedores de agua dulce proviene de China. Sus bosques tienen un valor de la función de almacenamiento de agua estimado en 1 trillón de dólares, tres veces el valor de la madera que contienen.

Asimismo, el valor de los bosques puede medirse en vidas humanas, la medida más importante. En África existen datos sólidos de que la deforestación intensiva que se lleva a cabo actualmente en el cinturón tropical central está produciendo un fuerte impacto en el suministro de agua en otras partes del continente, como Etiopía, en el este. Como consecuencia, algunas poblaciones se han visto obligadas a emigrar de su tierra natal.

Esto nos lleva a pensar que las decisiones inherentes a la ordenación forestal —o la falta de ellas— pueden tener un efecto devastador en las comunidades situadas a miles de kilómetros de distancia. Sin duda, los vínculos entre los bosques, el agua y el bienestar humano son numerosos, y no pueden ser ignorados.

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