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Lo breve, si breve, dos veces breve

‘Me arrepiento de haber escrito con cuatro palabras lo que podía haber escrito con tres’ (G. Carducci)

La Razón / Javier Cercas

00:47 / 28 de julio de 2013

Uno. Cuenta la leyenda que mientras el gran poeta italiano Giosuè Carducci yacía en su lecho de muerte, le preguntaron si se arrepentía de algo de lo que había hecho en su vida; Carducci contestó, admirablemente: “De todo”. Luego le preguntaron si podía ser más concreto; Carducci accedió. “Me arrepiento de haber escrito con cuatro palabras lo que podía haber escrito con tres”, dijo.

Dos. No parece que Merlina Acevedo lleve camino de tener que arrepentirse de eso. ¿Quién es Merlina Acevedo? No lo sé; lo único que conozco de ella es un puñado de aforismos titulado “Peones de Troya” y publicado en la revista Letras Libres, pero a mí me parece que esos destellos bastan para delatar a un escritor de verdad. En internet averiguo que Acevedo tiene 43 años, que es mexicana, pintora, compositora y ajedrecista, y que, por lo que parece, no ha publicado un solo libro. No importa. Vean: “Nadie sabe lo que no sabe hasta que tiene que inventarlo”. Vean: “De niños todos fuimos inmortales”. Vean: “El pesimismo exagerado es el optimismo en su más pura expresión”. Vean: “El amor propio siempre se enamora de la persona equivocada”. Quizá lleve razón Acevedo: “Lo breve se aproxima a lo infinito”.

Tres. Nunca tuve el más mínimo interés por los coches, pero a principios de este verano, mientras me pasaba una semana recorriendo de punta a punta Alemania en un bólido alquilado, gastándome el dinero que no tengo y visitando fastuosos museos automovilísticos (los de Mercedes y Porsche en Stuttgart; el de BMW en Múnich; el de Audi en Ingolstadt), para acabar dando una vuelta salvaje a velocidad suicida por el circuito de Nürburgring, me sentí el tipo más feliz del tercer planeta del sol. Me acompañaba mi hijo, que heredó de mi padre la pasión por los coches, y durante esas vacaciones locas pensé a menudo en una historia que me contó un amigo. Éste había cenado en una ocasión con un magnate mexicano, a quien, en medio de las risas y la cordialidad del encuentro, se le ocurrió preguntarle si se cambiaba por alguien, o tal vez si envidiaba a alguien. Para sorpresa de mi amigo, el magnate se tomó su pregunta muy en serio, y durante un rato estuvo meditando la respuesta. Mi amigo dice que, mientras veía reflexionar con el ceño fruncido a aquel hombre que lo tenía absolutamente todo, comprendió que no podía envidiar a nadie, pero de repente el ceño del magnate se alisó y éste proclamó, satisfecho: “A mi hijo”.

Cuatro. En trance de hacer un elogio tan fervoroso de la brevedad como el de Merlina Acevedo que copié más arriba, aquella mañana el señor Fuertes, profesor de francés y castellano en los maristas, se armó tal lío en medio del guirigay de la clase que acabó acuñando una sentencia doblemente pleonástica que algunos de sus alumnos nunca podremos olvidar, y que siempre he pensado que merece, como mínimo, la humilde posteridad del título de un artículo: “Lo breve, si breve, dos veces breve”.

Cinco. A pesar de mi extraordinaria modestia, me considero el campeón del mundo mundial de los pesos pesados de la mala conciencia, de manera que siempre estuve del todo de acuerdo con Spinoza cuando afirma que el remordimiento es uno de los dos peores enemigos del género humano (el otro es el odio), una cosa repugnante y triste que nos quita capacidad de obrar y a la larga nos destruye; pero este verano, mientras recorría de punta a punta Alemania con mi hijo en un bólido alquilado, no paré de leer a Wislawa Szymborska, la inmensa poetisa polaca, y una noche llegué a un asombroso poema titulado “Alabanza de la mala opinión de sí mismo” en el que se lee que el águila ratonera no suele reprocharse nada, que carece de escrúpulos la pantera negra y que las pirañas no dudan de la honradez de sus actos, un poema que concluye así: “En el tercer planeta del sol / la conciencia limpia y tranquila / es síntoma primordial de animalidad”. Entonces, además de inmensamente feliz, me sentí brutalmente inteligente. El segundo sentimiento fue breve.

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