Columnistas

Una buena excostumbre

¿Existe una orde-nanza que prohíba a los músicos tocar en las plazas a cambio de nada?

La Razón (Edición Impresa) / Freddy Morales

01:23 / 14 de noviembre de 2015

Sábado, casi mediodía. Plaza del estadio. Miraflores. La monotonía de motores y bocinas es rota. La banda Emperador, de unos 12 músicos, empieza a desgranar una canción lastimera de los años 70 originalmente interpretada por el argentino Diego Verdaguer: “aún puedo ver el tren partir y tu triste mirar, esconde aquellas lágrimas, volveré…” Las trompetas de la Emperador van deletreando esa despedida y esparcen nostalgias.

Con sus trompetas, platillos, bombo y tambores esparce la última nota y deja en el ambiente como un vacío. Luego empieza otra vez, las mismas notas. Lo primero que uno piensa es que los transeúntes han pedido bis. Termina, otra vez un vacío y otra vez… Entonces uno cae en cuenta que no era la serenata del mediodía, sino la buena ocurrencia de los músicos de ponerse a practicar en la plaza.

De la anécdota, sin embargo, queda la nostalgia por la música en las plazas públicas de La Paz los fines de semana. Las bandas de música militares o de la alcaldía que, por ejemplo, alegraban el sábado o el domingo con la retreta que obligaba a niños y al resto a callar alrededor de los músicos y sorprenderse con esa magia. Música de todo tipo además, selección de música clásica, popular, marchas militares o cuecas y cualquiera otra nacional, boleros o rancheras. El resultado siempre fue el mismo, sembrar de música, alegría o nostalgias los corazones de ciudadanos que casi siempre solo escuchan malos humores, bocinazos y motores en las calles.

Qué excostumbre más bonita. No entiendo qué pueda haberla hecho a un lado. Qué puede privarnos de un inesperado encuentro con el arte. Si es por costos, deben ser ínfimos en relación a su impacto.

Por falta de músicos y artistas seguro que no es. Y tampoco es necesaria, obligatoriamente una banda de música. Por qué no instalar un escenario con buenos parlantes, cuyo sonido no ensordezca y más bien acaricie. Y que allí aparezcan solistas, conjuntos de todo tipo de música. Los tenemos excelentes y con desesperación de comunicar su arte sin tener dónde hacerlo. Es obvio que no puede ser un caos, sino algo tan bien organizado que nadie se dé cuenta de que ha sido organizado. Algo así como lo natural en las palabras de Eduardo Galeano: como canta el pájaro sin saber que canta y como juega el niño sin saber que juega.

Sospecho que nadie de la Alcaldía pasó ese sábado por la plaza del estadio a la hora en que la banda Emperador ensayaba, tal vez antes de ir a alegrar o entristecer, un cumpleaños, una despedida o un reencuentro. Esa excostumbre tiene la virtud de romper la monotonía. Tal vez alguien podrá, años después, recordar que eso que le cambió la vida (para bien o para mal) se produjo mientras unos músicos interpretaban tal canción en tal plaza. Y cuando escuche la misma canción, en otra versión, por ejemplo en la radio, se repetirá el círculo virtuoso de darle un campito al recuerdo y a la emoción.

¿Existe una ordenanza que prohíba a los músicos tocar en las plazas a cambio de nada? Si existe se la debe prohibir y aprobar otra que invite a los artistas a hacer lo que saben: hacer soñar a la gente. Y si aún eso es complicado, la banda Emperador podría volver a deletrear “aún puedo ver el tren partir, y tu triste mirar, esconde aquellas lágrimas… volveré…”, en cualquier plaza. Como canta el pájaro sin saber que canta…

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