Columnistas

La caja negra de China

A muchos les preocupa que se use la lucha contra la corrupción para eliminar a los opositores políticos.

La Razón (Edición impresa) / Fareed Zakaria

00:00 / 17 de noviembre de 2013

Al visitar Malasia hace dos semanas, me esperaba una lluvia de quejas. En su viaje a Asia de este mes, el presidente Obama tenía previsto pasar por Malasia, pero se vio obligado a cancelar la parada debido a la crisis presupuestaria que estaba teniendo lugar en Washington. El primer ministro Najib Razak expresó lo siguiente: “Nos decepcionó pero comprendimos la situación”.

Otros, en cambio, fueron menos diplomáticos, señalando que la anulación era una prueba del deterioro general y del sistema político disfuncional de Estados Unidos. Pero muchas personas en Malasia —y a lo largo de todo el sudeste asiático— me comentaron que estaban desconcertados por lo que estaba pasando en Beijing y no en Washington.

Esto es en parte producto del poder. A medida que China ha crecido en importancia, sus vecinos están cada vez más atentos al Reino Medio. En el pasado, la única política que siguieron fuera de la de su país fue la de Washington. Hoy en día sienten que deben entender a Beijing.

Y hay mucho por entender. China se encuentra en medio de un gran cambio político. El mes pasado, el país observó en televisión nacional cómo Xi Jinping participó de una reunión en Heibei en la que altos funcionarios del partido emprendían públicamente la “crítica y autocrítica”. Es parte de la “campaña de masas” del Partido Comunista, diseñada para responder a las preocupaciones que surgen acerca de que el partido ha perdido el contacto, convirtiéndose en elitista y corrupto.

La campaña también incluye un fuerte componente contra la corrupción, cuya arremetida más visible es la humillación de Bo Xilai, el exjefe del Partido Comunista de Chongqing. A muchas personas en China les preocupa que la lucha contra la corrupción sea un mecanismo para eliminar a los opositores políticos. Un hombre de negocios de Beijing, que pidió permanecer en el anonimato, expresó que “en China existe tanta corrupción, que la elección de la persona que se desea procesar es realmente una decisión política”.

Más sorprendente para muchos, la nueva dirección ha iniciado una amplia ofensiva contra la disidencia. Los medios de comunicación chinos y los grupos de derechos humanos manifiestan que, desde agosto, cientos de periodistas, blogueros e intelectuales han sido detenidos acusados del delito de “difusión de rumores”. Recientemente este grupo ha incluido a los hombres de negocios más prominentes, como Wang Gongquan, uno de los multimillonarios más conocidos en China, que ha defendido la reforma política y fue arrestado formalmente hace tres semanas.

El mes pasado, la televisión china emitió una confesión de Charles Xue, un empresario y bloguero, quien confesó sus crímenes y dio la bienvenida a las nuevas restricciones de China sobre la libertad en internet. Este mes, la Universidad de Pekín despidió al economista chino Xia Yeliang, quien había ayudado a redactar la “Charter 08 “, una petición a favor de la democracia que llevó a que Liu Xiaobo, su autor principal, obtuviera el Premio Nobel de la Paz.

Estudiosos de China han observado en los últimos años que el Partido Comunista está profundamente preocupado por su legitimidad y encanto popular. Eso llevó a que muchos creyeran que el partido abordaría estas cuestiones mediante la apertura de su sistema político, con reformas políticas que acompañarían a las reformas económicas. Sin embargo, parece que el partido ha elegido los viejos métodos de represión, confesiones públicas y campañas de depuración que se utilizaron durante la época de Mao.

Durante los últimos 30 años, el Partido Comunista de China tiene extraordinarios logros en su haber. Sólo en la última década el promedio de ingresos de un ciudadano chino se ha quintuplicado, y el país es ahora la segunda economía más grande del planeta. Pero quizás debido a este éxito, muchos de los desafíos que enfrenta China son aquéllos en los que la economía no se puede separar de la política. Por ejemplo, abordar las preocupaciones acerca de la contaminación significa demorar el crecimiento industrial. Avanzar hacia un modelo de desarrollo más sostenible implica quitarle dinero a las compañías que son propiedad del Estado, y cuyos administradores tienen conexiones políticas.

Las personas con las que he hablado en el sudeste de Asia no estaban abordando estas cuestiones desde la perspectiva de los activistas de derechos humanos.

Realmente estaban tratando de entender lo que estaba ocurriendo en China. Por encima de todo, se preguntaban qué significaban los cambios internos para la política exterior de Beijing. Un líder de Asia me dijo: “China está siendo muy amable con nosotros estos días, más aún de lo que era hace unos años, pero todavía impone sus propios intereses fuertemente”.

A los diplomáticos les preocupa el hecho de que China haya estado distribuyendo nuevos mapas de la región en los que la línea discontinua que previamente delimitaba los reclamos de Pekín en el Mar del Sur de China ahora aparece como una línea continua. El mes pasado, el ministro de Relaciones Exteriores de China negó cualquier cambio en sus reclamos cuando el exsecretario de Defensa William Cohen le preguntó públicamente al respecto en un foro de Brookings. Sin embargo, las preocupaciones ponen de relieve el nerviosismo que se sintió en la región.

Estados Unidos saca sus trapos al sol con vigor y en público. Cuando Washington arruina una situación, lo hace en horario de máxima audiencia, con los políticos, periodistas y comentaristas que describen todos los detalles sangrientos con gusto. China tiene un sistema político opaco, lo que lo convierte en un país mucho más misterioso. Pero China también tiene su parte de crisis, controversias y cambios. Y debido a su influencia recién descubierta, el mundo está mirando y preguntándose qué hacer con la caja negra que es Beijing.

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