Columnistas

Cuando las calles se esfuman

Lo extraordinario  es que todo sucede con el beneplácito de las autoridades municipales.

La Razón (Edición Impresa) / Freddy Morales

09:33 / 04 de febrero de 2017

La calle de pronto desaparece en un mar de ruidos. Los vehículos claman con motores y bocinas un espacio para escapar, mientras los fraternos, con la mirada perdida, como si acabasen de bajar de otra dimensión, las ocupan por un tiempo indeterminado. Los bailarines asumen la actitud de quien no ve, ni oye lo que pasa a su alrededor y danzan, hablan, beben, orinan y cosas peores en lo que hasta hace unos minutos fue la calle. El caos se ha instalado y pueden pasar horas o días del deplorable espectáculo surrealista.

No es exagerado afirmar que esta escena se sucede inexorablemente, por lo menos infalible el fin de semana sobre todo en el área urbana del Gran Poder, donde hay tambos, mercados, galerías de tiendas y otros grandes negocios de la ciudad de La Paz. Los protagonistas son, precisamente, en buena parte, los dueños de esos negocios, gente de mucho dinero (cuya contribución en rentas al Estado aún es un desagradable e ignominioso misterio). Son los dueños de las supuestas “fraternidades folklóricas”, desde hace un tiempo sometidas a un proceso de permanente decadencia por el abuso de su poder. Lo cultural va sucumbiendo a las debilidades humanas donde el arte queda relegado por el afán de demostrar riqueza y poder. El pasante es el todopoderoso y a partir de él se hilvanan relaciones basadas en cajas de cerveza.

¿Cuántos son los miembros de una “fraternidad”? Supongamos, exagerando, que quinientas. Exageremos más, supongamos que mil. Ese minúsculo número de personas se apropia de calles y avenidas. No solo las utiliza para bailar, también para hacer un descanso que puede durar horas para consumir alcohol. Una nueva moda es no contratar los salones de baile y en cambio instalar grandes escenarios con parlantes gigantes y desfile de conjuntos musicales en plena calle.

Allí se baila, se come, se embriaga, se hacen las necesidades, se pelea al calor del alcohol y ocurre todo lo que es posible que ocurra bajo esas condiciones.

¿Cuántas otras personas son perjudicadas por estas cien, quinientas o mil? Lo más seguro es que el casi millón de personas que residen en La Paz y un número igual de la ciudad de El Alto, no son parte de esas fiestas particulares.

Pero no solo sucede en los barrios adyacentes a la zona del Gran Poder, sino en cualquier barrio, cualquier junta de vecinos festeja también en la calle, hace su “entrada” con los mismos vicios y abusos de los otros. Lo extraordinario es que todo sucede con el beneplácito de las autoridades municipales que hace unos años dijeron que así se promueven las expresiones culturales populares.

Las expresiones culturales duran hasta dos horas. De ahí en adelante, el desborde hace a un lado a la cultura y se convierte en solo exceso durante horas o días.

Aquí no se habla de grandes manifestaciones y fenómenos culturales como son la Entrada del Gran Poder o de la propia Entrada Universitaria que, a diferencia de las otras, tiene reglas (se sanciona o descalifica a las fraternidades que consumen alcohol durante el ingreso, por ejemplo, y se les fija un horario para que hagan su paso).

Cuando la calle se esfuma, uno se pregunta si ellos, los que se la apropian, tienen ese derecho. Derecho a hacer de la calle lo que les venga en gana. Y, si el resto tenemos algún derecho.

Es periodista.

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