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Ser para cambiar, ¿cambiar para ser?

‘Yapisaka’ nos acerca a los aspectos fundamentales de la mitología guaraní

La Razón (Edición Impresa) / Cergio Prudencio

01:44 / 15 de junio de 2014

Desde los Andes, el mundo guaraní se siente remoto y ajeno, cuando no menor. Ha sido así desde tiempos prehispánicos, aparentemente, y ni la colonización ni la República ni el Estado Plurinacional afectaron las tensas relaciones entre tierras altas y tierras bajas. En ese contexto debemos celebrar la publicación de Yapisaka, un libro conmovedor de Elio Ortiz García, ventana abierta a la enigmática cultura del Isoso de donde él mismo proviene.

Yapisaka nos acerca a los aspectos fundamentales de la mitología guaraní y a la cosmovisión de unos seres humanos para quienes la palabra es origen y destino a la vez. “El arte de vivir es el arte de hacerse palabra a través del rito”, dice el autor, revelando el poder del decir como nexo con las fuentes ancestrales y afirmación del espíritu en construcción. El vocablo guaraní yapisaka es, pues, eso, “ver con los oídos”; la revelación de todos los misterios mediante imágenes auditivas.

Y la voz lleva a la acción creadora. La creación se consuma solo cuando dos opuestos se complementan, porque “por separado no son capaces de generar vida ni dar movimiento a las cosas”. Los dioses Tumpa y Arakuaa engendraron el universo en la colisión de la “palabra y sentir el mundo” del primero, con el “pensamiento y el experimentar el mundo” del segundo.

Lo interesante es que Elio Ortiz García nos habla desde adentro y desde afuera de ese su mundo. No se limita a congelar la mitología señalándola meramente, sino más bien asumiéndola en el dinamismo complejo y arriesgado de la contemporaneidad, consciente incluso de pérdidas irreparables ya consumadas.

“Nuestras abuelas conocían los cantos antiguos de la alfarería (...), yo aprendí alguito de mi madre, pero ya no recuerdo nada, así nomás (sin canto) hacía mis tinajas; ahora ya no hago, nadie utiliza ya las ollas de barro”, es el desgarrador testimonio de la abuela Lucrecia que Ortiz cita constatando un orbe dramáticamente en extinción, porque —dice él— “desde que aparecieron los utensilios karai (blancos), más durables y menos delicados que las vasijas de barro, el oficio perdió su valor”.

Ortiz ejemplifica la dicotomía de los espacios míticos de los guaraní que buscan su contrario al que convertirse en la siguiente afirmación controversial: “conviene aclarar que el objetivo del guaraní invasor es entablar contacto con los seres opuestos a él, culturalmente hablando; vale decir, con sujetos de piel blanca y poseedores de herramientas modernas.”

Elio Ortiz García se representó a sí mismo con gran desempeño en la película Ivy Maraey (Tierra sin mal) de Juan Carlos Valdivia (a su vez personaje natural en la cinta); y ya en ese papel, tanto como en su Yapisaka, Ortiz nos enrostra que aunque las culturas indígenas muten, devengan y se transformen, lo mismo, seguirán siendo inasibles a los ojos, los oídos y la comprensión karai. Y ¡caray!, por tal desafío, entre muchas razones, es que vale la pena esta lectura.

Es compositor.

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