Columnistas

El camino a Damasco pasa por Moscú

Para ser factible, la intervención debe tener más probabilidades de mejorar las cosas que de empeorarlas

La Razón / Timothy Garton Ash

02:28 / 30 de junio de 2012

Espero que un día el expresidente Bachar el Asad comparezca ante la Corte Penal Internacional acusado de crímenes contra la humanidad. Cualquier violencia que puedan estar ejerciendo otras fuerzas en lo que ya se ha convertido en la guerra civil siria no disminuye su responsabilidad fundamental.

Recordemos que esto comenzó como una oleada de manifestaciones no violentas, como los mejores ejemplos de la Primavera árabe original. El Asad tenía la opción de reaccionar con reformas importantes, una idea con la que jugó un tiempo; con la de emprender negociaciones; o bien, permitir una transición pacífica que ofreciera una salida cómoda y honorable para él y su familia. Pero prefirió aferrarse al poder mediante una represión brutal, como había hecho su padre antes que él, incluido el bombardeo indiscriminado de la población civil. Mientras su elegante esposa educada en Reino Unido, Asma, paseaba por suelos de mármol en sus zapatos de Christian Louboutin, sus soldados y los matones de su milicia shabiha golpeaban a mujeres y niños inocentes hasta matarlos.

La oposición siria mantuvo la disciplina de la no violencia durante un tiempo, a pesar de la extrema represión; pero luego perdió el control. Con las deserciones del ejército y la entrada de armas del exterior, el movimiento se convirtió primero en un levantamiento armado y luego en una guerra civil, cuyos participantes son un régimen aislado, una oposición fragmentada y los alauíes y suníes con sus respectivos partidarios exteriores, todos ellos envueltos en un conflicto complejo y a veces opaco. Además de las matanzas de civiles, ahora nos hemos enterado de algo tan repugnante como que el ejército y la milicia han utilizado a niños de escudos humanos. Algunos rebeldes, al parecer, también han reclutado a menores como soldados. Pero, como dijo el propio El Asad en una entrevista de televisión antes de que todo esto comenzara, la responsabilidad de lo que sucede en Siria es suya.

Si no hubiera escogido el camino de la represión, su país no tenía por qué haber caído en una guerra civil. Quizá lloró por ello en privado, sobre el perfumado hombro de Asma; siempre he pensado que tiene aspecto de ser un hombre débil que intenta parecer fuerte. Sin embargo, como escribió una vez el poeta W. H. Auden, “cuando él lloraba, los niños morían en las calles”.

Por supuesto, se oyen cada vez más llamamientos a la intervención para detener el baño de sangre. En abril, mientras Elie Wiesel, superviviente del Holocausto, pronunciaba unas palabras en el Museo del Holocausto de Washington, preguntó si habíamos aprendido algo de la historia, y añadió: “Entonces, ¿cómo es posible que El Asad siga en el poder?” Cuando promocionaba su nueva película sobre la intervención en Libia, en el Festival de Cannes, el filósofo y activista francés Bernard-Henri Lévy dijo: “He hecho esta película por Siria. Ha llegado la hora de que intervengamos”. Hace poco, el ministro británico de Exteriores, William Hague, comparó la situación con Bosnia.

Si el número de inocentes civiles muertos y heridos fuera la única condición necesaria para la intervención humanitaria, Siria cumple el requisito. Pero la doctrina de la ONU sobre la responsabilidad de proteger (R2P), que es la manera más rigurosa e imparcial que tenemos de reflexionar sobre estos problemas en el mundo actual, exige además que la actuación tenga unas perspectivas de éxito razonables. Basándose en una opinión informada sobre la situación, la intervención, para ser factible, debe tener más probabilidades de mejorar las cosas que de empeorarlas para el país en cuestión. Y esa condición, por desgracia, no se cumple en Siria. Bernard-Henri Lévy puede declarar alegremente que “es factible y viable” pero, ¿qué sabe él? En toda intervención existen complicaciones y peligros, pero casi todos los expertos en Siria, la región y la geopolítica de la zona dicen que en este caso hay dificultades mucho mayores que las de Bosnia, Kosovo, Sierra Leona y Libia.

No es sólo cuestión de lo numerosas, bien equipadas y bien entrenadas que están las fuerzas represivas a disposición de El Asad, ni de las divisiones regionales y sectarias en el país. Hay que tener en cuenta, además, la implicación directa de varias potencias regionales y mundiales que apoyan, ya sea a las claras o de manera encubierta, a distintos bandos en la guerra civil. Lo que más salta a la vista es el inequívoco respaldo que están dando el Irán chií y la Rusia de Putin al régimen de El Asad y su base de poder alauí, mientras que otras potencias suníes como Arabia Saudí y Catar, al parecer, financian la adquisición de armas por parte de los rebeldes. El ministro iraní de Exteriores dijo hace unos días que Teherán y Moscú mantienen posturas “muy próximas” en el problema de Siria; lo hizo durante una conferencia de prensa conjunta en la que el ministro ruso de Exteriores acusó a Estados Unidos de abastecer de armas a la oposición siria.

Sus palabras eran una respuesta a la acusación hecha por Hillary Clinton de que Rusia está suministrando helicópteros de combate al régimen de El Asad. Mientras tanto, los llamamientos a una intervención militar son cada vez más sonoros en el Congreso y los medios de comunicación de EEUU, aunque no en el Pentágono, que hace una evaluación fría y ponderada de lo que representaría. Un paso podría conducir con mucha facilidad a otro, y lo que comenzó siendo una intervención humanitaria mínima podría convertirse en una ocupación parcial, larga y caótica, o incluso en una especie de guerra entre terceros.

Al mismo tiempo, las opciones puramente políticas que están estudiándose parecen débiles o imposibles. El plan de paz de Kofi Annan está hecho jirones. El endurecimiento de las sanciones contra la familia El Asad y sus esbirros puede significar menos compras por internet de zapatos Christian Louboutin, pero no detendrá a un dictador que tiene la espalda contra la pared y está dispuesto a hacer lo que sea para evitar morir por linchamiento como Muamar el Gadafi. Algunos sugieren un frente popular internacional para la paz en Siria, en el que Estados Unidos y Arabia Saudí trabajen codo con codo con Irán y Rusia. Es una perspectiva que parece tener tantas probabilidades como que el Papa anuncie que se casa con Madonna. La consolidación de una oposición siria más unida y comprometida a realizar una transición negociada y no violenta es una gran idea para ayer y para mañana, pero no una solución para estos momentos, en plena guerra civil.

La posición de Rusia sobre Siria es escandalosa, mentirosa e indefendible. Los rusos han bloqueado una y otra vez los esfuerzos para obtener un mandato de la ONU que autorice medidas más enérgicas en busca de la paz, con argumentos hipócritas que no pueden ocultar su interés nacional en conservar su presencia militar, económica y política en Oriente Próximo. Rusia entrenó al ejército sirio que hoy está matando civiles y, si nos fiamos de lo que dice Clinton, está suministrando helicópteros de combate que ayudan a los hombres de El Asad a matar todavía más.

¿Es que no tienen vergüenza? En el caso de la Rusia de Putin, esta pregunta se responde por sí sola. ¿Es que no tienen otros intereses nacionales que, llegado el momento, pesen más que éste? Esa sí es una pregunta que merece la pena hacer. Si Occidente está verdaderamente decidido a detener las matanzas en Siria, debemos pensar si quedan palos y zanahorias más grandes que todavía podamos agitar delante de Rusia —aunque nos cuesten alguna cosa a cambio— para lograr que cambie de postura. El camino a Damasco pasa por Moscú, y la conversión de Putin no va a conseguirla ningún Dios.

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