Columnistas

El caníbal vegetariano

El monocultivo devora hectáreas y miles y miles de trabajadores de un solo bocado

La Razón (Edición Impresa) / Elvis Vargas Guerrero

02:17 / 25 de abril de 2014

Qué come un caníbal vegetariano? Agricultores. Del humor de niños europeos al drama social del campo: el monocultivo devora hectáreas y miles y miles de trabajadores de un solo bocado. La productividad exige uniformidad. A ésta le sigue la maquinización, el uso intensivo de pesticidas y la consecuencia lógica del agotamiento de la superficie cultivable con la erosión. El monocultivo es el símbolo de la pobreza. Los ingresos rápidos son cantos de sirena. La coyuntura de precios favorables nunca es eterna. Precios altos siempre tienen costos altos, como la explotación irracional de la tierra, la gente o de los recursos naturales. Si hay ganadores es porque hay una mayor proporción de perdedores. Esto es evidente cuando el monocultivo se va porque todo lo ha devastado.

Yo conocí Coroico como el paraíso de árboles frutales. Año redondo se podía comer papayas, plátanos, yuca. Ahora queda poco y lo que se encuentra proviene del Perú. El turismo ha dejado de ser importante y son pocos los gringos que van por allá porque no les gusta el ambiente. Todo es absurdamente caro. La pizza es más barata en Ámsterdam. La coca tiene su precio. Nostalgia de los otrora cerros verde azulados. Se muere la típica imagen del pueblo y ahora se imponen los cerros pelados, sin brillo. Esas terrazas agotadas  por la erosión y los plaguicidas.

El año internacional de la quinua hizo florecer el altiplano. En todas partes se aprecia ese púrpura mágico de los quinoales, dibujando el espejismo del grano de oro andino. Y todo porque los gringos están locos por nuestra quinua. Por eso debemos exportar hasta morir. Sin darnos cuenta que los locos por la quinua son una minoría arropada en clubes fexitarianos, vegetarianos, veganistas, que no se hacen problema en pagar algo extra. Pero hasta el idealismo más crónico se cura con un buen dolor de bolsillo. Ahora, la aparición del mercado esnobista de las superfoods hizo que los cortoplacistas hicieran su agosto. Todos a sembrar quinua. Tan atractivo es el negocio que los escépticos agricultores europeos exigieron semilla de quinua adecuada a las condiciones climáticas del Viejo Continente; y Nestlé escuchó sus pedidos y financió a la universidad de Wageningen para que desarrolle la primera quinua europea. ¿Qué va a pasar con los agricultores bolivianos cuando aparezca una quinua barata? ¿Será el escenario reservado para los grandes jugadores del mercado de alimentos? Lo de la quinua me hace pensar en el recuerdo doloroso del tomatillo, al que el marketing voraz le nombró Incan Golden Berries. Y ahora el mayor productor mundial es Sudáfrica, y el mayor consumidor, Turquía.

Ni qué decir de la mortal seducción de la soya. En San Julián, donde antes se daba bien el maíz, el camote, ahora imperan los campos saturados de glyfosaat para asegurar el monocultivo. En Santa Cruz se cultivan un millón de hectáreas en soya y casi toda la producción se va a la exportación; y no directamente para la alimentación humana, sino para el ganado y el aceite. Los vegetarianos ya no usan soya para su carne vegetal, ahora lo hacen con lupino. Por lo menos se sabe que no es genéticamente modificado. La soya se vuelve en el alimento amargo. Su cultivo ya no es un orgullo, sino la vergüenza por la destrucción de millones de hectáreas de tierra cultivable, de la explotación humana y la soberbia del capital internacional. ¿A esto se llama vivir bien?

El monocultivo cierra las puertas al desarrollo agrícola y condena el campo al atraso. Es la mayor amenaza para los agricultores bolivianos, una pérdida de soberanía alimentaria. Una frase muy divulgada en las redes sociales dibuja la metáfora de nuestro rumbo equivocado: “El problema no es tropezar, sino que te guste la piedra”.

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