Columnistas

La carnicera y un estigma fantasmagórico

Las reacciones contra la carnicera parecen rastros que develan la persistencia de un estigma fantasmagórico

La Razón (Edición Impresa) / Yuri Tórrez

00:25 / 21 de agosto de 2018

Agosto es un mes impregnado de hechos surrealistas y Cochabamba deviene en escenario de muchos de estos incidentes. Es el caso de la detención preventiva de una carnicera acusada de cometer “biocidio” (nombre con el que hoy se conoce al asesinato de un animal). La imputada habría acuchillado a una perra que sustrajo un trazo de carne de su puesto de venta. Este hecho desató un debate entre quienes reprochan el acto contra el animal y aquellos que consideran la detención de la mujer un exceso.

Más allá de este biocidio, totalmente reprochable y exento de cualquier debate, las reacciones de condena contra la carnicera parecen rastros que develan la persistencia de un estigma fantasmagórico. La carne tiene un sentido pecaminoso y no es casual que el carnicero se haya erigido en uno de los personajes literarios que encarna la barbarie. Se los asocia con lo sanguinario, inhumano, feroz, rastrero, bestial, bárbaro o repulsivo. En su cuento El Matadero, el escritor argentino Esteban Echevarría describe al carnicero como un ser horripilante… “con el cuchillo en mano, brazo y pecho desnudos, cabello largo y revuelto, camisa y chiripa y rostro embadurnado de sangre”.

El Matadero, escrito entre 1938-1940, revela el debate entre civilización/barbarie salubre/insalubre que marcó la cultura latinoamericana del siglo XIX. La élite de Cochabamba protagonizó un ejemplo de ello cuando, en la segunda mitad del siglo XX, propuso la construcción de un matadero “moderno”, para sustituir a los degolladeros rústicos apostados en la Plaza Corazonista, a pocas calles del centro de la ciudad. En estos establecimientos se hacía un carneo rudimentario que llegó a considerarse “primitivo”, porque, entre otras cosas, expulsaban olores inmundos que cuajaban cada vez menos con el olfato aristocrático de la época.  

A cielo abierto, atiborrados de predadores, la putrefacción era una constante en esos camales: las sobras de los animales muertos eran esparcidas. La carencia de desagües contribuía a que esos despojos contaminen el medio ambiente y ocasionaban perniciosas enfermedades en la población, especialmente en épocas de pestes; convirtiendo al proceso de carneo en un riesgo para la salud pública.

La necesidad de precautelar la salud de la población se erigió en el mejor argumento de la élite para hilvanar una estrategia de reordenamiento urbano, con base en el objetivo de eliminar los focos mórbidos de enfermedad. Así se planteó la construcción de un matadero moderno en la periferia de la ciudad, junto con la implementación de reglas correspondientes a “todos los pueblos cultos”, como reza una normativa municipal de la época.

Ese discurso “ilustrado” fue acuñado en oposición a los matarifes, con el propósito último de controlar su práctica y de reunirlos en un mismo espacio. Por supuesto los matarifes se resistieron, apoyados por otros representantes de la plebe cochabambina. La prensa local de la época calificó a la movilización contra la construcción del camal moderno como la “intimidación de una turba ebria capitaneada por los matarifes”. Asimismo, exhortó a las autoridades a castigar a esos enemigos del progreso de la ciudad.

Quizás el calificativo de “asesina” otorgada a la imputada en Cochabamba por su acto fatal contra el perro sea una alegoría, que reproduce ese viejo estigma fantasmagórico, anclado en nuestro imaginario civilizatorio. Lo cierto del caso es que nos sitúa ante una paradoja cárnica y su propia parodia.

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