Columnistas

Una carta a Eva

Da vergüenza, hoy cada quien vive refugiado en su casa. A nadie le importa lo que le pasa al vecino.

La Razón (Edición Impresa) / Yuri F. Tórrez

02:03 / 21 de marzo de 2017

Mi estimada Eva, lamentablemente no te conocí, pero con horror he recibido la noticia de las circunstancias de tu padecimiento y de tu muerte. Sabes que tu muerte me conmueve, me entristece y, sobre todo, me avergüenza como boliviano y ser humano. No solo moriste de hambre, moriste en medio de la apatía estatal y la indiferencia de la sociedad.

Sí, mi querida Eva, se puede culpar a los demás, especialmente a los gobernantes. Es fácil buscar un chivo expiatorio, muy común en la sociedad hipócrita. Es fácil echar la culpa al poder y escurrirnos maliciosamente en ese discurso.

Sí, mi querida Eva, tu muerte no solo es culpa del poder, sino también de nosotros, los ciudadanos. Da vergüenza. Hoy cada quien vive refugiado en sus condominios, en sus casas y/o sus departamentos. A nadie le importa lo que le pasa al vecino. Tú tenías una enfermedad jodida: epilepsia; pero nadie hizo nada.

Solo cuando nos enteramos de una desgracia nos acercamos, morbosamente, a la puerta del otro, para preguntar, sin empatía, qué ha sucedido. El vecino nos importa un comino. Los lazos solidarios de antaño ya no existen. Te cuento que hace poco un hombre mató a su esposa, ella gritaba y ningún vecino llamó a la Policía y, mucho menos, se asomaron al lugar de la violencia intrafamiliar. Parece que las luces de la modernidad están apagando nuestras fortalezas comunitarias. Las están extinguiendo. Aunque debo confesarte que te escribo desde una ciudad.

Sí, mi querida Eva, dicen que en tu barrio nadie se enteró que tus papis estaban atravesando por una depresión aguda. Habían sido desalojados de un domicilio anterior. Se les fue las ganas de trabajar, incluso de vivir. Vos y tus hermanos estaban pasando la peor situación en una urbe de hoy: la extrema pobreza. Literalmente, no comían. En Bolivia, las estadísticas oficiales dicen que en una década la pobreza extrema se redujo del 38,3% al 17,8%. Es decir, ese empobrecimiento aún existe en este país y puede matar de hambre, como en Etiopía o en Malí. Aunque en Bolivia es más grave, debido a la indiferencia que se come nuestros corazones. No hay solidaridad. Pucha, ¿en qué carajos nos hemos convertido?

Sí, mi querida Eva, actualmente somos tan hipócritas que a nadie le interesa la vida de los demás. Esos lazos comunitarios que dicen tener los bolivianos son una vil mentira. Varios de los que hoy se rasgan sus vestiduras por tu muerte lo hacen, básicamente, porque les sirve para lanzar toda su artillería contra el poder. Es una hipocresía. Da vergüenza.

Sabes, mi querida Eva, los del poder también son unos sinvergüenzas. Ellos, en vez de invertir decisivamente en pobreza, prefieren despilfarrar la bonanza económica. Además, saben muy bien capitalizar políticamente tu tragedia. Seguramente habrá autoridades de distintas inclinaciones que den la cara para sentirse “salvadoras” de tu familia. Algunas ofrecerán una fuente laboral a tus padres. Otros becaran a tus hermanos. Es probable que una de ellas bautice un Bono Eva (suena hasta bonito y propagandístico). Hoy, opositores y oficialistas usan tu muerte para instrumentalizarla políticamente; ni siquiera se sonrojan.

Sabes, mi querida Eva, a pesar de tanta miseria, si de algo sirvió tu fallecimiento, por desnutrición aguda, fue por lo menos para salvar de la muerte a tu familia. La depresión de tus padres arrasaba con todos ustedes. Esperemos que tengan mejores días. Y, sobre todo, esperemos que tu muerte sirva también para que nunca más un boliviano muera de hambre. 

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