Columnistas

La casa de la memoria y los derechos humanos

Bolivia aún no pasa de los Derechos Humanos de la primera generación o los derechos civiles y políticos.

La Razón (Edición Impresa) / Édgar Arandia

23:28 / 16 de septiembre de 2017

Casi todos  los países de Latinoamérica que sufrieron  cruentos golpes de Estado, crearon los museos de la memoria, recordatorios, y comisiones multidisciplinarias para debatir  sobre los derechos humanos y su importancia para educar a las nuevas generaciones y que no se vuelvan a repetir esas historias de ignominia. Solo Bolivia no lo hizo. ¿Por qué?

Esa luz de la memoria que enceguecía a los viejos militares fascistas y a los octogenarios oligarcas, no les llegó a los jóvenes de las nuevas generaciones y a los políticos que se formaron en la democracia y no les tocó un pelo las dictaduras: piensan que solo ha sido un cuento organizado por los “delincuentes subversivos” y que eran exageraciones los testimonios  de  los atropellos, asesinatos, desapariciones forzadas, violaciones a las mujeres en las cárceles  y los mil vejámenes y humillaciones.

Familias destruidas, hijos a los que conocimos veinte años después, viudas desamparadas, personas que quedaron  discapacitadas para el resto de sus vidas, asesinatos que siguen impunes y cuyos ejecutores se pasean con sus nietos, como inofensivos viejitos pascueros.

Algo está claro, nada podrá resarcir el dolor y las angustias que pasaron miles de bolivianos y que las generaciones actuales desconocen y no sospechan del grado de sevicia y maldad con el que los represores actuaron contra indefensos ciudadanos. Era una auténtica guerra clandestina, sin oficinas de los  Derechos Humanos y Defensoría del Pueblo, sin libertad de prensa ni de asociación libre. Una guerra desigual de tanques contra piedras, de ametralladoras Sig contra cachorros de dinamita, con las bajas y prisioneros de un solo lado. Por eso, es extraño escuchar al ministro Arce Zaconeta de Justicia que dice que la Comisión de la Verdad no tratará el tema de la indemnización a los bolivianos que fueron víctimas de las dictaduras, desconociendo un decreto que no se derogó; dentro de esa misma incomprensible ética, tampoco se debería haber pagado sus pensiones los Beneméritos de la Guerra del Chaco, porque si hubiera sido la asistencia al frente de manera voluntaria, nadie en su sano juicio iría a matar seres humanos porque sí. Dice que la lucha social no se hace para obtener indemnización y él, como muchos políticos de su generación, estaban a buen recaudo cuando esos viejos que están frente a su ministerio y a quienes los consideran ciudadanos de quinta categoría, los estaban persiguiendo y destruyendo su núcleo social  mientras ellos, muy bien, gracias. A eso se califica como  ingratitud.

Por eso, es necesario e importante crear una Casa de la Memoria y los Derechos Humanos, para que las nuevas generaciones sepan que, esta vapuleada democracia viene de una larga lucha sembrada de luto y dolor y que ninguna conquista social fue gratis. Durante cinco años dimos vuelta con el proyecto, conseguimos el lugar, sabíamos cómo conseguir  recursos sin necesidad de crear nuevos ítems; en ese camino solo el exsenador David Sánchez mostró interés, recurrimos a la posibilidad de la universidad pública, pero su silencio fue abrumador.

En este siglo, cuando la clasificación de los Derechos Humanos ha llegado a una tercera  generación que se denomina Derechos de los Pueblos, establece la búsqueda de la paz y la defensa del medio ambiente, con carácter supranacional. Bolivia aún no pasa de los Derechos Humanos de la primera generación o los derechos civiles y políticos.

El montaje de una Casa de la Memoria y los Derechos Humanos deberá expandirse hasta los derechos de la tercera generación y ponernos al tanto de la Carta que fue aprobada entre 1945 y 1948 para lograr una mejor convivencia entre seres humanos y naturaleza. No todo está perdido, hay un renovado interés por algunas autoridades que  saben de la importancia  de una institución de este género, cuyo propósito básico es de modelar un espíritu  de convivencia,  de fortalecimiento de la democracia y de actitud crítica ante la injusticia.

El espíritu de Marcelo Quiroga, Luis Espinal y tantos  luchadores sociales, hombres y mujeres, deben tener su espacio para que nos alumbren con la luz de la memoria y su ejemplo de compromiso con lo más vulnerables.

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