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El caudillo

Las ansias de libertad de un pueblo paria en su propio Estado fue lo que fortaleció a Chávez

La Razón / Reymi Ferreira

00:02 / 15 de marzo de 2013

Mario Vargas Llosa ha escrito un artículo, La muerte del caudillo, en alusión a Hugo Chávez. Afirma que el caudillismo es típico de las sociedades que “temen vivir en libertad”. Lo cierto es que la Venezuela contra la que se rebeló Chávez excluía a los pobres del poder. Era necesaria una personalidad recia que supliera la ausencia de organización y recursos que permitieran la inclusión de los excluidos.

En procesos revolucionarios, los pueblos se aglutinan bajo el liderazgo de un partido o de una persona (Espartaco, Bolívar, Martí son ejemplo de ello), mientras se institucionaliza el proceso de transformación. Las ansias de libertad de un pueblo paria en su propio Estado fue lo que fortaleció a Chávez, y el deseo de liberarse de las transnacionales, aliadas a los caballeritos que se turnaban en el poder. Fue la lucha por la libertad la que encumbró a Chávez, no el temor a ella. “Tras la muerte de Chávez queda la incertidumbre, dice el escritor, porque sólo Chávez podía unificar a varios sectores de la sociedad”. Eso el propio Chávez lo sabía, por lo que seguir a la cabeza de la revolución se convertía, para él, en una obligación. La muerte del líder comprobará si la institucionalidad revolucionaria sobrevive a su ausencia.

“El prontuario de Chávez contra los derechos humanos es largo”, afirma Vargas Llosa, pero a diferencia del “democrático” Andrés Pérez, quien ordenó la represión militar más brutal de la historia de Venezuela, con un saldo de 400 muertos, con Chávez no hubo masacres o cosas parecidas, pese a que en 2002, las redes de televisión y empresarios dieron un golpe de Estado. Globovisión, medio que alentó el golpe, sigue transmitiendo libremente. Respecto a los derechos humanos, económicos y sociales, obviamente el escritor no se pronuncia porque, como nunca antes, los pobres también tienen derechos.

Dice el autor que el pueblo se cansó del “despilfarro” de Chávez al ayudar a países extranjeros, pero no indica que antes de Chávez, las petroleras se llevaban el 80% de las ganancias al extranjero. Que se destine parte de la riqueza recuperada a la solidaridad debería ser una actitud emulada. Los comentarios económicos del escritor deberían ser contrastados por los informes de la CEPAL sobre la economía venezolana, cuya inflación es causada por el incremento de la capacidad adquisitiva de la población y no por la paralización productiva.

Resulta difícil calificar de autoritario a Chávez, quien dejaba que las grandes decisiones las tome el pueblo a través de referéndums, elecciones y espacios participativos. Lo paradójico es que mientras algunos usan el poder para invadir países sin consultar a nadie y sin censura alguna, Chávez, que en lugar de enviar soldados envió médicos al extranjero, es calificado de dictador

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