Columnistas

El centro cultural de Tiwanaku

Las ruinas de Tiwanaku nos impulsaron a discutir cómo liberarnos y cómo recuperar nuestra cultura

La Razón / Félix Layme Pairumani

01:33 / 09 de abril de 2013

Tiempo atrás, un intelectual me preguntó: ¿Usted estuvo en el curso de capacitación de Tiwanaku en 1971, verdad? Sí, fue la respuesta. En 1971, las cosas habían cambiado. Desde 1952, la sociedad de hacendados se había replegado del campo. Mientras, los políticos progresistas de la misma sociedad iniciaban la “Civilización del Indio”, los niños de entonces aprendíamos a leer y escribir a palos en las escuelas rurales.

Pese a todo, las puertas del porvenir parecían abrirse y dependía ya sólo de los propios sometidos. Javier Reyes Aramayo, un estudiante de verdadera vocación religiosa, gran calidad humana y extrema sensibilidad, nos dio la bienvenida. Quizás demasiado romántico para unos, con un corazón de santo para otros, Reyes buscaba afanoso la paz y la justicia entre los humanos. Llevado por esos principios, inició los primeros cursos de reflexión y capacitación de líderes indígenas, con la colaboración de estudiantes universitarios, Gloria González descollaba entre ellos.

Para tal propósito, Reyes convocó a las autoridades de las comunidades campesinas de las provincias Ingavi y Los Andes, a fin de que envíen un joven (sea varón o mujer) a la parroquia de Tiwanaku. Era una invitación sui géneris. Debíamos llevar una cama, ciertos utensilios (plato, cuchara y una taza), un instrumento musical, cuaderno y alimentos, como papa o chuño.

Nos reunimos en dicha parroquia cerca de 40 personas, entre jóvenes, adultos y algunos adolescentes. Ahí conocimos a Javier Reyes, un joven atento y diligente como un ángel, quien nos indicó entregar los alimentos crudos a la cocina, nos mostró el hospedaje y nos pidió que le llamásemos Jawichu; y así fue.

El primer día reflexionamos sobre la situación educativa y la aculturación en el país; el segundo, sobre los primeros auxilios y enfermedades más comunes. En la tarde, después de la cena, se organizó un conjunto de tarqas; y las horas que quedaban se fueron en hacer bailar a los universitarios. Antes de dormir, creamos una actividad extra, una sesión de cuentos en aymara. El acto fue tan divertido que continuamos con las fábulas la siguiente noche.

El tercer día tocamos la historia de la colonización. Luego fue fácil discutir en aula la Tesis India de Fausto Reinaga. En la tarde, fuimos a visitar Tiwanaku. Nunca habíamos conocido esas ruinas ni jamás nos hablaron de su existencia en el colegio. Quedamos fascinados al observar las colosales piedras esmeradamente esculpidas y la capacidad creadora de sus constructores. La fuerza motivadora de esas piedras nos despertó y llenó el corazón de una especie de torrente de energía para recuperar nuestra cultura e idioma.

Después de la última cena y de haber bailado, nos fuimos presurosos al dormitorio, para discutir las últimas iniciativas. Adiós a los cuentos. Nos abocamos a discutir con pasión cómo liberarnos y por dónde empezar. En principio había mucha divergencia, luego el debate se fue aclarando. La lucha debía ser pacífica y debía ser implementada desde diversos frentes, ésa es la táctica de lucha andina. Debía desplegarse una política de hormigas, comenzando por la lengua materna, alfabetización, la cultura, comunicación (oral y escrita), medicina tradicional, en fin, una faena comunitaria sin líderes eternos. Fue como el llanto desesperado de un niño para despertar a la madre desmayada.

En esos años gobernaba el país un feroz dictador, y en 1973 nos hizo añicos. Se llevaron a Jawichu y a una decena de nuestros compañeros. Ese mismo año se publicó el famoso Manifiesto de Tiwanaku.

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