Columnistas

Del cero al uno

Hay que preguntarse en quién y cuántas veces se ha aplicado la ‘tolerancia uno’ contra las violaciones.

La Razón (Edición Impresa) / Manuel Jabois

23:10 / 15 de julio de 2016

Desde 2008, todos los 7 de julio en Pamplona se recuerda algo más que San Fermín. Se recuerda a Nagore Laffage, una chica de 20 años que esa noche se encontró a un médico de 27, José Diego Yllanes; fue asesinada por él. Hay un documental de Helena Taberna, Nagore, y una muy extensa hemeroteca sobre el crimen, pues el chico era de buena familia y con éxito social, signifique eso lo que signifique. No hay perfil que a los periodistas nos cause más gracia que el del chico 10 —como se le llamó en titulares— caído en desgracia. Entre otras razones porque se da por hecho que cayó en desgracia el asesino, no la muerta.

También él lo creyó desde el primer momento, por eso tras matarla pidió ayuda a un amigo, pensó en descuartizarla (le cortó un dedo), la metió en una bolsa, la depositó en un bosque y limpió de huellas el piso. La sentencia consideró todos los atenuantes propuestos por la defensa: su confesión (fueron vistos por testigos y grabados por cámaras), la reparación del daño (dinero para la familia de la víctima) y la intoxicación etílica. De este modo fue condenado por homicidio, no por asesinato; el día en que se conoció la sentencia lloró la familia de Laffage. Doce años de prisión, permisos de libertad en breve y una petición del condenado: la del indulto al Gobierno en 2014, que fue denegado.

Del juicio sobrevive una frase involuntariamente esclarecedora. La pronunció la madre de Diego José Yllanes: “Me resulta imposible aceptar que asfixió a esa chica sin más”. La declaración oculta lo mismo que exhibe: es posible aceptar que tu hijo asfixió a la chica por un motivo. El que se aireó en el juicio tiene relación con la familia y su posición social: la mató para evitar que la chica lo denunciase tras ser agredida sexualmente y de este modo dañar su imagen y la de su apellido. Tras el crimen dedicó a eso sus acciones: él y su posición, su clase.

La madre de Nagore se ha preguntado estos días si ninguno de los cincos acusados de violación en Pamplona este año pensó en algún momento: “Qué estamos haciendo”. Es probable que si alguno lo hizo fuese en relación con las consecuencias del delito. En crímenes con tanta tradición es complejo apartar el foco de quien patrimonializa la violencia hasta terminar arrogándose el papel de víctima. Ni siquiera en el lenguaje bienintencionado se huye de la trampa. En posiciones tan contundentes como la del Ayuntamiento de Pamplona, que ha anunciado “tolerancia cero” con las violaciones, se invita a pensar en quién y cuántas veces ha aplicado la “tolerancia uno”.

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