Columnistas

¿Por qué se cerró La Prensa?

Aquel pecado original derivó en una constante: la brecha entre financiadores y operadores

La Razón (Edición Impresa) / Rafael Archondo

03:29 / 18 de enero de 2016

El 14 de junio de 1998 se imprimió el primer ejemplar de La Prensa. Hoy será el primer día hábil en estos 17 años transcurridos en que el tabloide faltará en los quioscos. De las criaturas del eximio Jorge Canelas ya solo queda La Razón. Ni el matutino Última Hora, ni La Prensa, ni Pulso son parte ya del escaparate impreso nacional.

La Prensa quedó herida de muerte desde el arranque. En sus primeros meses perdió a toda su comandancia. Renunciaron o fueron despedidos el director, el subdirector, el jefe de redacción, la jefa de informaciones y el editor general. ¿Qué pasó?  Fui testigo directo de ello y me cuento entre los extirpados del proyecto, así que escribo como testigo de lo sucedido.

La Prensa era un diario con ambiciones. Quería desplazar a La Razón de su sitial. Pagaba los mejores salarios y poseía redactores para el fin de semana y las madrugadas, tres caricaturistas y hasta un equipo de fotógrafos de planta. El plan era que sus trabajadores pudieran producir sin desquiciar su vida personal. Tuvo principios escritos y estatutos consensuados. Pero sobre todo contaba con un director mítico que ya había instalado dos diarios en los primeros puestos de preferencia. Canelas era el rey Midas del papel impreso.

En los primeros meses, La Prensa disparó misiles contra el estrenado gobierno del general Banzer. El clímax llegó con la detención, en octubre, del exdictador Pinochet en Londres. Las comparaciones con la situación legal de su par boliviano resultaron abundantes, y el nerviosismo en la plaza Murillo era imposible de disimular. A la par, La Razón permanecía secuestrada por su propietario, uno de los fundadores del partido del General. El blindaje quedaría roto más tarde, pero durante esos meses las críticas contra el gobierno solo se publicaban en La Prensa. A ese paso, la credibilidad terminaría pasando de unas manos a las otras.

De manera sorpresiva, el nuevo gerente se puso a dictar despidos inconsultos. Comenzó por los eslabones más débiles, un caricaturista y un fotógrafo. La reacción fue una primera huelga de brazos caídos y la unidad férrea de los asalariados. Entonces brotó la “confesión”: el diario debía hacer un recorte de $us 10.000 mensuales. En un gesto inusitado, el sindicato y los ejecutivos periodísticos prometieron una reducción de salarios que comenzó por el propio Canelas. En un mes, el ajuste estaba acordado. Implicaba despedir a una sola periodista y acortar los sueldos de todos. La Prensa se mostraba capaz de eludir su primer bache financiero de manera cohesionada.

La reacción de la gerencia fue hiriente. Decidió echar, sin justificar, al jefe de redacción y a la jefa de informaciones. ¿Acaso no era económico el problema a resolver? Nunca entendimos, aunque intuimos, las motivaciones. Estalló el conflicto. El diario quedó paralizado por una semana. La huelga derivó en ayuno y en lo más funesto: la fractura de la redacción. El gerente consiguió convencer a la mayor parte de los editores de que no se unan a la huelga. Divididos y sin más arma que la impotencia, salimos derrotados del recinto en el que se marchitó la ilusión en un periodismo competitivo.

En un último soplo para salvar el proyecto, Canelas me ofreció la jefatura de redacción. No acepté. A mi respuesta, le siguió su propia renuncia y la de Mario Frías, el subdirector. Nos fuimos. Después, varias olas de periodistas lucharon para levantar vuelo y lo consiguieron, pero aquel pecado original derivó en una constante: la brecha entre financiadores y operadores. Quizás sí hubo boquete en las finanzas de la empresa, pero lo que abundaba era la ignorancia de que no hay un buen diario sin periodistas libres.

Es periodista.

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