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El chelo de Juan

Realmente es una pieza estupenda por el tratamiento de la madera, que puede ser cedro o haya.

La Razón (Edición Impresa) / Édgar Arandia Quiroga

21:54 / 14 de septiembre de 2019

El viernes fue un típico día en la ciudad de La Paz-Chukiyawu marka, confirmando su carácter escindido. Amaneció frío y con una ligera llovizna primaveral. A mediodía se desató una tormenta en el centro de la urbe, y en la tarde salió un sol resplandeciente, primero en la zona Sur. Y luego, el reconfortante calor, se apoderó de todos sus habitantes.

Juan era un atildado abogado chuquisaqueño, tenía su centro de acción en la calle Yanacocha, a una cuadra de los juzgados y de la plaza Murillo, región desde donde los qilqiri venden su firma y las falsas juramenteras tienen su reino. En medio de estos malos aromas, Juan, existencialista confeso, defendía a artistas pintores que (¡cuándo no!) tenían problemas con el Estado. Su oficina fue el centro de polémicas discusiones sobre marxismo y existencialismo.

Juan manejaba con soltura todas las argumentaciones de las posiciones católicas de Gabriel Marcel y las marxistas de Jean-Paul Sartre y del escepticismo de Albert Camus, del que compartíamos muchas ideas y una admiración mutua. Un día me habló de su abuelo que había heredado un instrumento de cuerdas muy antiguo y que probablemente era de un famoso lutier italiano del siglo XVII, Andrea Amati (1505-1577), nacido en Cremona y que tuvo dos hijos, Antonius y Hieronimus o Girolamo, quienes a su vez tuvieron varios discípulos, entre ellos Guarnieri.

Nos mostraba fotos y estaba muy orgulloso de su herencia. Nos contó que un ejemplar muy parecido tenía Benito Mussolini y que fue subastado por una suma muy alta en 2014. Razón por la cual rechazó varias ofertas, entre ellas la de una violoncelista japonesa que incluso quería pagar el chelo con una moto Kawasaki, aparte de una suma importante de dinero. Juan no aceptó porque también estaba enterado de que un violín Stradivarius encontrado en el Cuzco se vendió por una suma alta en una subasta en Europa. Por lo tanto, su Amati debería tener un valor considerable.

Lo hizo analizar con algunos conocedores y muchos lo consideraron falso, otros se acogieron a la duda. Fuimos a verlo y realmente es una pieza estupenda por el tratamiento de la madera, que puede ser cedro o haya. Su equipamiento está completo y devela el trasunto de los años: los arcos con los mangos brillosos por el uso, el sitio de apoyo entre las piernas, gastado. Al interior de la caja está una ficha en papel y con resabios de imprenta que reza: “Antonius & Hieronimus Fr. A Cremonen. Andrea fil. F Amati”, que son los hijos de Andrea Amati.

Amati, padre, construyó en 1572 un instrumento famoso al que se lo llamó El Rey, por su sonido y su acabado impecable. ¿Cómo llegó el Stradivarius a Perú? Se supone que lo trajo un cura misionero y de esa manera se quedó en tierras sudamericanas. Tal vez algo parecido ocurrió con el violonchelo de Amati, toda vez que Chuquisaca, en el siglo XVII y en el XVIII, cobijó a importantes representantes de la Iglesia y a potentados mineros, cuyo afán de demostrar su riqueza era exhibiendo productos de ultramar.

Existe una foto del chelo en un quinteto chuquisaqueño que tocaba en los salones en los años 30 del siglo pasado. Los músicos ataviados con traje de etiqueta miran la cámara y uno abraza a su instrumento como si fuera una dama, es el abuelo de Juan. La forma de este instrumento semeja a una mujer esbelta y curvilínea, e inspiró a muchos pintores para usarla como modelo surrealista de la belleza femenina. En estos momentos, mientras culminamos la nota, estamos escuchando al famoso intérprete de chelo Yoyoma, quien le dio nuevos bríos a esta magnífica invención del genio humano que, según dicen, es de una tesitura que se parece a la voz humana. Nosotros creemos que sí.

En Chuquisaca, Cochabamba, La Paz, Chiquitos y las misiones jesuíticas colindantes existen luthiers muy hábiles que aprendieron el oficio de curas misioneros y se transmitieron de generación en generación. Construyen violines, arpas, charangos y guitarras de excelente calidad, y algunos ya tienen fama en el exterior. Todas estas digresiones nos hicieron pensar que es una obligación del Estado declarar patrimonio humano a todos los fabricantes de instrumentos de Bolivia.

* Artista y antropólogo.

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