Columnistas

Los chicos del garaje

Los extraño, tengo nostalgia de nuestra calle y saudades de las aventuras que pasamos juntos

La Razón (Edición Impresa) / Homero Carvalho Oliva

00:00 / 05 de noviembre de 2015

Siendo niño llegué a La Paz, de Santa Ana del Yacuma, en un avión de los que transportaban carne, un vejestorio de la Segunda Guerra Mundial que para mí era un prodigio de la tecnología. Nunca jamás he podido ni podré olvidar la sensación de asombro y sobrecogimiento que significó mirar la montaña helada que se repite tres veces en su hermosura y la importancia de su imponente presencia durante mi vida. El paisaje agreste del altiplano se quedaría para siempre en mi corazón, no como la imagen de la desolación sino como la sensación de pisar un territorio mágico que albergaría mi pequeña humanidad.

Durante mi larga estadía en la ciudad de Nuestra Señora de La Paz de Ayacucho, Chuquiago Marka, hice muchas amistades, algunas de ellas las conservo hasta hoy y seguramente hasta siempre. Vivía en un barrio paceño tradicional, San Pedro, un barrio que lo tiene todo: el mercado Rodríguez, ferreterías, colegios, farmacias e incluso una cárcel. El 29 de junio, fiesta de los apóstoles San Pedro y San Pablo, el barrio se convertía en un pueblo dentro de la ciudad y se armaba una feria con sacasuertes y gitanas incluidas.

Allí, en la calle Almirante Grau, a media cuadra de la Boquerón, viví muchos años y en los 70 formé parte de dos grupos que nunca llegaron a ser pandillas juveniles: los Black Power y los Huesos Negros, usé el pelo largo y negras chamarras de cuero y, por supuesto, que escuchaba, entre otros, a Jim Morrison, Deep Purple y Pink Floyd interpretando sus mejores piezas; también hice promesa a la virgen de Copacabana y fui a pie hasta el santuario; recorrí un par de veces el Camino del Inca, el Takesi; me enamoré a los 14 años de una niña de largos cabellos lacios que pasaba por mi casa y de una monja del colegio María Auxiliadora, soñaba con declararle mi amor en un confesionario, nunca lo hice y creo que ésa es mi mayor frustración.

La calle era nuestra y poseíamos un garaje donde nos juntábamos con Raúl Pitín Gómez, Freddy Pachuli Valda, Guido Criales y Marcelo Nawa Delgado, si bien habían otros amigos ésta era la banda estable. Tuvimos una adolescencia típica de barrio, de esas que ya no se dan hoy en día, hablábamos de superhéroes, de chicas, de autos y fútbol; así como de la radionovela Kalimán.  Mis hermanas eran mayores y no se mezclaban con nosotros; sin embargo, sí compartíamos con Mónica y Viviana, las bellas hermanas de Pitín; con Patricia, hermana de Pachuli, tan hermosa como sus grandes ojos y Geovanna, la dinámica y bella hermana de Nawa. Pasaron los años y, ahora de vez en cuando me veo con Pitín que desde muy joven decidió ser actor y el mundo artístico nos unió. Con esta columna quiero que sepan que los extraño, que tengo nostalgia de nuestra calle y saudades de las aventuras que pasamos juntos. Les prometí escribir una novela acerca de esos feroces y juveniles años entre dictaduras y no he olvidado, sé que las promesas se cumplen y tengan la certeza que esta columna es parte de ese libro que ya lo inicié con mis recuerdos aún dispersos.

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