Columnistas

La ciencia y las ciencias

La Razón (Edición Impresa) / Alfonso Bilbao Liseca

01:09 / 11 de agosto de 2016

El término ciencia (del latín scientia: conocimiento) se usa a menudo bajo la imprecisa connotación de “conjunto de conocimientos”, pero lejos del significado acotado que tiene cuando hablamos de ciencia, en el sentido de ciencias de la naturaleza (física, química, etc.). Es el caso de las disciplinas llamadas “ciencias sociales”, hasta hace poco agrupadas bajo el epígrafe de humanidades.

El incremento del prestigio social de la ciencia y lo científico a partir de la segunda mitad del siglo XX hizo aflorar una tendencia “cientificista” que proviene del amplio uso que se hace en norteamérica del término “investigación”, para referirse a cualquier tipo de estudio sobre cualquier materia. Allí decir investigación es decir asignación de recursos para proyectos, y de ahí, sin más, el salto cualitativo a la consideración de ciencia, pues se trata de una “investigación”. Investigación sí, en el sentido de indagar o estudiar un asunto x, pero, para ser científica, en un sentido acotado debe cumplir unos requisitos mínimos, como ser que lo que se postula se exprese con suficiente claridad como para que, con base en tal postulado pueda concebirse y ejecutarse pruebas que lo validen; que la afirmación pueda ser probada empíricamente y, lógicamente, que tal proposición deba abandonarse si las pruebas fallan en confirmar la teoría.

El epistemólogo Karl Popper, como parte de la llamada “demarcación científica”, propuso la “falsabilidad” como prueba de que un postulado, hipótesis o teoría pudieran o no considerarse científicos. La falsabilidad es la propiedad inherente a un enunciado en sentido de que pueda probarse su falsedad. Por ejemplo, si afirmamos que “todas las montañas tienen nieve”, sería suficiente ver una sola montaña sin nieve para cancelar y declarar este postulado como falso. El problema con las disciplinas sociales es lo difícil que resulta demostrar una relación causal en las propuestas teóricas de tales conjuntos de conocimientos. Esto hace imposible (aún si las propuestas son erróneas) probar su falsedad o veracidad mediante juicios críticos. Por caso, si un autor como H.C.F. Mansilla, en el prólogo de Una mirada crítica sobre el indianismo y la descolonización afirma que: “Un sentido común (sentimiento colectivo), por más extendido que esté y por más representantes doctrinales que tenga no se halla por encima de la crítica científica”; y acto seguido postula que: “ (...) dilatados grupos sociales... en general no constituyen elementos confiables para edificar una convivencia razonable”; uno tiene todo el derecho de preguntarse con qué método (desde el reclamado punto de vista científico) se ha delimitado tales grupos sociales y de qué manera se ha precisado su poca fiabilidad para la edificación de esa “convivencia razonable”, o qué criterios delimitan esa “convivencia razonable”.

Llamemos a las agrupaciones sociales que impiden la convivencia razonable grupo A. El que afirma que es el grupo A el que impide la “convivencia razonable” pertenece, a su vez, al grupo B. Alguien del grupo A podría afirmar que los que impiden la “convivencia razonable” son en realidad los del grupo B. Y ahí es cuando deberemos dirimir cuál de los postulados es erróneo: las premisas del grupo B son verdaderas y las del A son falsas (o viceversa); ambas son verdaderas; ambas son falsas. Pero, desde un punto de vista estrictamente científico, ninguna es demostrable, por lo tanto, todo este conjunto de proposiciones, por muy interesantes que sean, caen fuera del ámbito de la ciencia y no es lícito argüir que tienen valor científico.

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