Columnistas

La ciudad y Harvard

Las acciones políticas se han ensañado con esta ciudad, dejando luto y horror por montones

La Razón (Edición Impresa) / Carlos Villagómez

02:05 / 01 de marzo de 2016

Durante 70 años la Universidad de Harvard ha realizado un estudio sobre la vida de varias personas para saber las claves de una vejez sana y, sobre todo, feliz. Después de décadas, el llamado estudio Grant determinó que ni el dinero, ni el ascenso social, ni el éxito empresarial son fundamentales para ello. La clave: una vida pletórica de relaciones sociales de alta calidad afectiva.

Con este antecedente (que es del imperio y tomado en las redes sociales) me permitiré hacer una hipérbole teórica para esta ciudad para preguntar si tenemos relaciones humanas de enorme calidad expresiva para construir una sociedad urbana sana y feliz; en otros términos, si llegamos a construir un “vivir bien urbano”. Para responder a esa pregunta consideraré las dos grandes manifestaciones de nuestra sociedad urbana: el ejercicio de la fiesta y el de la política.

En ambas expresiones, que transversalizan nuestra vida en la ciudad, vamos con todo. No nos achicopalamos. Esta ciudad es un territorio donde esas fuerzas se desatan con tal violencia y fanatismo que, por momentos, nos perdemos y no nos reconocemos como conciudadanos. A pesar del desarrollo social y material alcanzado, caemos en tales desproporciones y, en este nuevo milenio, nuestros actos en los espacios públicos están más locos que nunca.

El ejercicio de la fiesta es un enorme mecanismo de intercambio social y de profundas relaciones humanas que se expresan brillantemente en el arte popular y la pluriculturalidad de nuestra sociedad urbana. Es, sin duda, un gran atributo nuestro. Y, por supuesto, nos hace más felices. Pero no debemos olvidar los extremos de violencia intrafamiliar o social producto de los excesos etílicos que acarrea la fiesta en la ciudad y en este tiempo.

Al otro lado está el ejercicio de la política, que es, a mi juicio, la peor manifestación de nuestro ser. Por un lado, porque la politiquería se expresa en una estructura urbana cuyo futuro se define en promesas electorales y demagógicas. Ya hablamos de ello. Y por otro, porque las acciones políticas se han ensañado con esta ciudad, dejando luto y horror por montones, como lo sufrido en los últimos sucesos de El Alto. Personalmente no creo que se trate de la mentada lucha de clases o de una acumulación de fuerzas políticas. Es, simple y llanamente, la expresión iletrada y motriz de profundos rencores y apetitos que poco tienen que ver con el pensamiento de un Carlos Montenegro o de Antonio Gramsci.

Si estas tensiones no se aplacan o se zanjan, las relaciones humanas serán paupérrimas, y el siglo que se viene para La Paz y El Alto será, de verdad, tremebundo.

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