Columnistas

En esta ciudad detenida

Hay lugares en esta ciudad detenida que me recuerdan a los que se fueron antes que nosotros

La Razón / Ricardo Bajo Herreras

02:27 / 18 de septiembre de 2013

En estos días se me aparecen los muertos de mi felicidad. Me visitan en mis sueños, en mis paseos. Camino por la avenida Camacho de La Paz y al llegar al Obelisco fálico leo a Blanca Wiethüchter tatuada en oro sobre la alameda: “Estás hecha de luz y de montaña, de jirones de piedra y ríos que te trenzan al descender…”

En la avenida del Poeta, la Alcaldía colocó el año pasado unos retratos de escritores; entre ellos, estaba Blanca. Hace meses que el viento derribó la mayoría de las gigantografías, entre ellas, la de Wiethüchter: otra vez el gran silencio. Nadie ha reclamado; otra vez, el desorden de la muerte. “En esta ciudad detenida, las calles te conocen / y tú las conoces / sabes que las piedras perduran en tus sueños / como ligeros pájaros invisibles / que te abren al temblor de la montaña…”, así rezaba el cartel que ya no está.

En la plaza Abaroa de Sopocachi, en la esquina frente al Ministerio de Defensa hay una sucursal bancaria y una farmacia. Hace diez años, en ese lugar funcionaba el restaurante del entrañable Gringo Limón, el primero en La Paz con coquetas chapaquitas de meseras. Allí, un día de 2003, en pleno octubre, antes de los quilombos, antes de la sed de muerte del Goni y del Zorro, pasé horas de horas con tres grandes que ya no están: Robertito Echazú había llegado de Tarija para presentar su poemario Cercas de soledad (editorial Árbol de Pan); Jesús Urzagasti, su eterno anfitrión, lo había ido a buscar temprano a su hotel de la plaza España; y el Gringo Limón se había comprometido a poner unas cervezas de media mañana para charlar de amigos, mujeres, literatura y fútbol. La noche anterior, The Strongest había clasificado heroicamente en la Copa Sudamericana eliminando a San Lorenzo de Almagro en Buenos Aires. “Como dicen en Tarija, el que se levante de la mesa, no quiere a su madre”, amenazaba con su humor a flor de piel el Gringo.

Paso todos los días por esa esquina de la plaza Abaroa y a ratos me parece escuchar las risotadas de los cuatro dentro del patio asoleado de octubre. A ratos quiero creer que nadie se ha levantado de la mesa todavía, que seguimos compartiendo trago, humo y cuentos; que Robertito sigue defendiendo a muerte a su querido River Plate a pesar de que estudió en La Plata y Córdoba, donde publicara por primera vez la revista Sísifo.

Una cuadra más arriba, en una casa solariega de la Sánchez Lima está el estudio de Álvaro Montenegro donde Abraham Bojórquez grabó su segundo y póstumo disco de rap aymara. Aún escucho el tic tac del reloj de la Pérez Velasco y las rimas revolucionarias de Ukamau y Ké, contra este mundo “burgués”. El Abraham era como el Che: se había endurecido en los talleres de costura de Sao Paulo sin perder un ápice de su ternura, de esa timidez, de ese mirar de reojo el escote de las chicas.

En el Siles también siento el aliento de los que ya no están: cuando en la cancha estamos pocos, el eco devuelve como sortilegio los gritos del Chupa Riveros, del Chesco Díaz Mariscal, de aquel niño aplastado en la Preferencia. Por el mercado de Villa Fátima, todavía veo pasear entre fruta y verdura a Víctor Hugo Viscarra: lleva ya un año sin chupar. “Prestame 20 pesos”, me dice en la puerta del periódico La Prensa. “Sólo tengo diez, Víctor Hugo”, respondo mentiroso. “Ya pues, cojudo, dame nomás, me estás debiendo diez”. Y lanza otra vez esa sonrisa picaresca que no consigo olvidar, que camuflaba todos sus infiernos. “Si no muero primero, me hallarás encaramada sobre el más alto faro / atenta a la ola que regrese la hoguera”, escribió la Blanca. Hay lugares en esta ciudad detenida que me recuerdan a los que se fueron antes que nosotros.

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