Columnistas

La ciudad en noviembre

A principios de noviembre, la fuerza de esas creencias y rituales moviliza a la mayoría de la población

La Razón / Patricia Vargas

00:34 / 31 de octubre de 2013

El escribir sobre la ciudad es un permanente encuentro con ciertas expresiones, las cuales —las más de las veces— se presentan de forma difusa. Y es ello precisamente lo que motiva a descubrirlas dentro del laberinto de imágenes urbanas; un reto que empuja a la comprensión de distintas realidades: unas duras pero irrefutables, y otras que presentan hechos vivos, como el despliegue de hábitos, costumbres, mitos y ritos, que forman la memoria hereditaria de un país.

La fiesta de los difuntos coincide con la celebración católica de Todos los Santos en los primeros dos días de noviembre. La primera es celebrada en algunos países mesoamericanos, como México, donde su importancia es indudable. Su origen de hace más de 3.000 años está demostrado en registros de etnias como la mexica, los mayas, totonacas, entre otras. Así, esa festividad, que simboliza a la muerte y el renacimiento en el Día de los Difuntos, fue reconocida por la Unesco como patrimonio inmaterial de la humanidad.

En nuestro país y en la cultura andina se remonta a épocas prehispánicas. Los aymaras, según estudios, consideraban que la muerte no constituye un episodio trágico, sino que es un ciclo más de la propia vida. Cada 1 de noviembre los ajayus retornan por 24 horas, trayendo fertilidad para la siembra que comienza el mismo mes en el altiplano. Las almas son bien recibidas por sus familiares y amigos. Parece evidente la coincidencia entre ambas celebraciones. En La Paz, esa festividad es preparada desde octubre. Los cementerios se limpian para ser visitados por multitudes. Allí, muchos niños y ancianos ofrecen sus rezos para los difuntos. Todo ello acompañado de olores y sabores. Olores porque las flores y las grandes cañas (estas últimas comienzan a desaparecer) emanan perfumes naturales y realzan esos sectores urbanos con sus armoniosas formas y colores. Sabores porque la comida juega un rol importante en esta celebración. Aparecen las t’antawawas (panes) y se preparan distintos platos que fueron del agrado del difunto. Todos forman parte de las mesas, en las que no falta la fotografía del difunto, quien luego es despedido con música. Según escritos, esa especie de altares representan las montañas de los achachilas a las que llegan esos ajayus.

Si bien la fuerza de esas creencias y rituales logra movilizar a la ciudad y a la mayoría de la población los primeros días de noviembre, lo particular es cómo esa tradición no está exenta de innovación. Sin embargo, esto no disminuye el sentido de pertenencia a la comunidad. Todo lo contrario, sus prácticas expresivas adscriben y vigorizan, cada vez más, su fuerte marcaje cultural en esta urbe. De esa manera, esa costumbre evita la consolidación de otros festejos foráneos, como Halloween.

La Paz cuenta con ciertas festividades que han trascendido durante siglos, como el Día de los Difuntos, las cuales en las últimas décadas han ido transformando silenciosa pero profundamente la experiencia espacio-temporal de esta ciudad. Todo ello, apoyado por significados que se entrelazan con una identidad cuyo valor y fortaleza no debieran ser desconocidos. Independientemente de aquello, es necesario recordar que no existe para el ser humano una indagación más misteriosa y efectiva que la rememoración de lo oculto.

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